Geopolítica y empréstitos
La gran masa terrestre y el gran anillo insular. Tesis de Halford Mackinder. Empréstitos
Henry Kissinger en su tesis doctoral, publicada con el título
de Un mundo restaurado, señala que la política contemporánea resulta incomprensible
si no se toma como pilar de referencia las guerras napoleónicas. En esas
guerras, en efecto, se halla la diagramación básica del mundo actual.
Es fácil acreditar este concepto si se considera que en las
campañas militares de Napoleón Bonaparte lo que se disputaba no era el ámbito
geográfico de Europa, sino los imperios coloniales que las potencias europeas
habían edificado en los tres siglos que en aquel entonces tenía la época
colombina iniciada en 1492. En resumen, el objetivo político, que va desde la
Campaña de Egipto (19 de mayo de 1798- 16 de octubre de 1799) hasta Waterloo
(18 de junio de 1815), es el hemisferio americano más África más Asia
y más las rutas interoceánicas que comunican los continentes. Una guerra
por la posesión del globo terráqueo. Por su diagramación futura. Acaso por su
destino irreversible para todos los pueblos que constituyen la especie humana.
Por algo el teniente General Perón sobre su escritorio de "Puerta de
Hierro" tenía, frente a su vista, un pequeño busto de Napoleón en bronce.
Dentro de estos objetivos colosales, Buenos Aires -la pequeña
aldea portuaria- era la llave para el dominio de un continente. Para los
franceses y para los ingleses.
En 1804 el joven William Pitt (1759-1806), primer ministro de
Inglaterra, trazó el plan de conquista de América del Sur: ocupar Buenos Aires,
crear un ejército de nativos con conductores ingleses, traspasar la Cordillera
de los Andes, arrebatar Chile a los españoles y desde allí, por mar, proceder a
la conquista del Perú. Al mismo tiempo ocupar Venezuela y con un ejército
formado de igual manera, abatir a los españoles marchando hacia el Perú, donde
deberían reunirse con el ejército de Buenos Aires. Para la conquista que debía
realizarse desde Buenos Aires fue designado Sir Arthur Wellesley, Duque de
Wellington, y para la de Venezuela a Francisco de Miranda. Al complicarse la
situación europea Wellesley fue reemplazado por Beresford. Beresford y Miranda
iniciaron su cometido sobre el Río de la Plata y sobre Venezuela en 1806. Los
dos fracasaron. Pero el plan se mantuvo inalterable para ser ejecutado por
otros.
Hasta el día de Trafalgar (21 de octubre de 1805) tres
potencias marítimas disputaban su hegemonía:
1. España: que con Fernao de Magalhaes,
o Remando de Magallanes, en forma castellanizada, había iniciado la gran
aventura de circunvalación del globo en el siglo XVI.
2.
Francia: que con Luis Antonio de Bougainville (1729-1811) efectuó el
relevamiento integral del Océano Pacífico y con suficientes medios científicos
determinó exactamente las longitudes, valorando exactamente las dimensiones de
ese océano. Este viaje dio a Francia los elementos para su expansión naval y su
presencia en Asia. Jean François
de la Perouse (1781-1788) buscó consolidar ese dominio bajo los auspicios de
Luis XVI, que de esta manera aportó un nuevo motivo para su trágico fin en la
guillotina.
3. Inglaterra: que con Horacio Nelson
(1758-1805) venció a sus rivales en Trafalgar, imponiendo los nombres de James
Cooke (1728- 1779) y de Sir Francis Drake (1540-1596) por sobre sus antecesores
ibéricos y galos. A estos últimos les quedó la óptica y el heroísmo impresos en
amarillentos libros raramente reeditados. A Nelson, la estatua que le elevó el
comercio británico por haber cumplido con su deber comercial.
En la misma época, el dominio de la masa terráquea se hallaba
bajo el control de tres naciones:
l. Rusia: que con Pedro I el Grande (1672-1725) se convirtió
en una potencia económica y militar que ocupó desde entonces un lugar
preponderante en el concierto europeo.
2. Prusia: que con Federico II el Grande
-"un monarca muy liberal" (1712-1786), discípulo de Voltaire-
introdujo en la masa terrestre el desplazamiento de la guerra como simbiosis
equivalente del desplazamiento del comercio que hacían los países marítimos.
3. Austria: que con María Teresa
(1717-1780) equiparó el poder militar de su país al de Prusia. Que con José II
(1741-1790) introdujo la libertad religiosa y el laicismo, y que con Clemente
de Mettemich (1773-1859), después de Waterloo, impuso a Europa el equilibrio de
la paz que duró un siglo. Desde la Santa Alianza de 1815 hasta la primera
conflagración mundial en 1914.
Frente a estos hechos consumados todo el mundo será escenario
forzoso de la historia. La interrelación entre los gobiernos conductores, con
las formas más variadas, y los pueblos conducidos, a gusto o a disgusto, habrá
de formar un tejido muy denso.
Un examen elemental de los plexos que constituyen el teatro
de la historia, nos exhibe lo siguiente:
a)
Una
masa terrestre envuelta por el mar.
b)
Un
anillo insular y de bases marítimas que rodea a la masa terrestre.
Trabajando sobre esta apreciación, Sir Halford Mackinder
elaboró en los primeros años del siglo XX la geopolítica sobre la cual ha
operado siempre el Imperio Británico. 1
Para Mackinder la masa terrestre es Europa-Asia y África.
Esta masa encierra a la gran isla de mundo, cuyos límites son:
a)
Al
Norte, el Mar Glaciar Ártico.
b)
Al
Sur, el Desierto del Sabara.
c)
Al
Oeste, el Océano Atlántico.
d)
Al
Este, las estepas y mesetas de Siberia.
La gran isla del mundo así delimitada tiene un corazón (heartland)
que corresponde en límites políticos a la Rusia Europea.
La gran isla del mundo está rodeada por un anillo insular y
una periferia con bases marítimas que a su vez tiene un corazón que corresponde
a Inglaterra, que es de esta manera el corazón del mar o heartsea.
La gran isla del mundo (con su corazón Rusia) es expansiva.
Su constante histórica es anexarse territorios. Con este método ha marchado
con éxito hacia el Norte, hacia el Oeste, hacia el Este y también hacia el Sur.
El paneslavismo expansivo ha crecido en forma de hiedra,
tanto en la época de los zares como en los tiempos modernos del
marxismo-leninismo.
El gran anillo insular y la periferia de los continentes con
bases marítimas tienen
su corazón en Inglaterra y es en cambio multiplicador. Gran Bretaña ha
procurado siempre el control de las islas que se hallan frente a los
continentes: Gran Bretaña e Irlanda en sí mismas con respecto a Europa del
Norte; Malta y Chipre con respecto a Europa del Sur y a África del Norte;
Jamaica primero e Islas Bahamas y demás Antillas con respecto a América Central,
y al Norte de América del Sur; Malvinas con relación a la parte austral de
América del Sur; Isla Ascensión y Santa Elena con relación al África; Islas Seychelles
en el Océano Índico, frente al África y frente a la India; el Archipiélago de
Malasia frente a Indochina; Nueva Zelanda frente a Oceanía. Al mismo tiempo ha
establecido enclaves y bases marítimas en la periferia de todos
los continentes: Gibraltar, en Europa, Ciudad del Cabo, en África del sur, Hong
Kong, en Asia, Terranova en América del Norte, Belice en América Central,
Guyana, en el Norte de América del Sur, y Buenos Aires -ocupada militarmente en
1806 y controlada económicamente de ahí en adelante- como base de operaciones
para la Cuenca del Plata, la Patagonia y toda la América Meridional, como lo
hemos analizado detenidamente en toda la extensión de este trabajo. La
enumeración de islas, enclaves y bases marítimas que hemos formulado es sólo a
modo de ejemplo y no enunciativa de su totalidad.
Así, resulta evidente que el Imperio Británico y su sucedáneo
nominativo -el Commonwealth (common: común, wealth: riqueza) ha
crecido en forma de encina (Henning y Korholz, 1941: 172) en todas las
épocas de la era colombina. Con los Tudor, con los Estuardo, con la República
de Oliverio Cronwell, con los Hannover y con los Windsor. Con los wigs o con
los tories. Con los conservadores de Winston Churchill o de Margaret Thatcher,
o con los laboristas de Clement Attle, las raíces troncales de esa encina se
hallan en el hemisferio austral: Nueva Zelandia, Australia, África del Sur y la
Patagonia Argentina. Es imperioso recordar que, por la proyección de esos
cuatro ramales, el poder británico se inserta en la Antártida (Henning
yKorholz, 1941: 134).
Conocer lo expresado, aunque más no sea en su enunciado, es
decisivo para comprender la maltrecha política interna y el destino de nuestro
martirizado país. Porque, como afirma un viejo aforismo "el que conoce tan
sólo su propio país tampoco conoce a éste." Por eso en nuestras escuelas
primarias, secundarias y universidades se enseña únicamente la Argentina de los
adjetivos calificativos y de las biografías de los gobernantes oponentes:
"dictadura" o "democracia", "Rosas" o
"Sarmiento." El mapa argentino del Canal de Beagle o del Riachuelo,
de Buenos Aires o de Viedma. Jamás un planisferio. De esta manera la
explicación integral de una política sostenida nunca se formula.
El Océano Atlántico es el mare nostrum británico,
afirman R. Henning y L. Korholz, y ya se hallaba dominado por los efectivos
navales ingleses mucho antes de la independencia norteamericana (Henning y
Korholz, 1941: 107). En este quehacer fue determinante, para la hegemonía
británica, la actividad de piratas, bucaneros y corsarios, esto es, de los
terroristas del mar, que entre los siglos XVI y XVIII destruyeron el poder
marítimo español.
En la tesis geopolítica de Sir Halford Mackinder, la historia
de la humanidad es un ininterrumpido conflicto entre las dos regiones que antes
hemos descripto:
a)
La
gran masa terrestre e isla del mundo, que es expansiva, crece como la hiedra y
ejerce una fuerza centrípeta.
b)
El
gran anillo insular y la periferia con bases marítimas que es multiplicadora,
crece como la encina y ejerce una fuerza centrífuga.
Esto se traduce en una supremacía marítima frente a un
equilibrio de las potencias terrestres, o en una supremacía terrestre frente a
un equilibrio de las potencias marítimas. Mackinder explica que, para mantener
su tendencia a la supremacía, Rusia se deshizo de Alaska, porque para los rusos
no poseer nada sobre el mar, es tan importante como para los británicos no
poseer nada fuera del océano (Henning y Korholz, 1941: 79). En una eventual
alianza entre Rusia y Alemania, Mackinder advierte la gran amenaza para el
Imperio Inglés. Esta
alianza se dio en dos momentos de la historia: cuando Napoleón I y el Zar
Alejandro, en el río Niemen, el 25 de junio de 1807, se pusieron de acuerdo
para asfixiar a Inglaterra por el bloqueo continental, y cuando Molotov y
Ribbentrop firmaron el pacto ruso-germano en Moscú, el 23 de agosto de 1939.
La conquista del aire, en el siglo XX ha puesto a disposición
del poder terrestre un elemento para enfrentar al poder marítimo que, en el
siglo XIX, no contaba. R. Kenning y L. Korholz son terminantes al afirmar que
"la declinación de la Gran Bretaña será provocada por un nuevo y
trascendental factor en la historia de la humanidad, a saber, el arma
aérea" (Henning y Korholz, 1941: 137). En la guerra por la reconquista de
las Islas Malvinas, iniciada el 2 de abril de 1982, la Argentina exhibió un
poder aéreo que constata la exactitud de esta tesis, a la vez que desarticula
el esquema de Sir Halford J. Mackinder.
Frente a todo esto los Estados Unidos se habrán convertido en
una potencia oriental, pronosticaba Mackinder. Observamos que esto es
históricamente cierto, desde que Washington y Pekín estrecharon relaciones en
la década de 1960. El autor que comentamos, agrega que esta posición de los
Estados Unidos aparece con el Canal de Panamá en 1902, lo cual permitió a los
norteamericanos disponer del Pacífico, del Mississippi y del Atlántico por sí
mismos. A partir de entonces la línea divisoria entre el Este y el Oeste es el
Océano Atlántico (Henning y Korholz, 1941: 79). La dilucidación de todo este
conflicto reside, según Mackinder, en el rol que asuma la América del Sur
porque "el desarrollo de las grandes potencialidades de América del Sur
puede tener una influencia decisiva en el sistema" (Henning y Korholz,
1941: 80).
En otras palabras: el destino del mundo hoy, en 201O -fecha
en que escribimos esto-, como ayer, durante las guerras napoleónicas que
terminaron en Waterloo en 1815, está dado por la posesión de América del Sur.
De ahí el significativo título de la obra del Teniente General Juan Domingo
Perón Latinoamérica. Ahora o nunca, un título de dos palabras que lo
explican todo.
La tercera posición de Perón fue, en términos geopolíticos,
un concepto hemisférico frente a la gran masa terrestre con corazón en Rusia (heartland)
y frente al gran anillo insular con corazón en Gran Bretaña (heartsea). Si
la América del Sur puede tener una influencia decisiva, las Américas
Hemisféricas pueden tener una fuerza propia, centrífuga y centrípeta. De
tierra. De mar. De aire. Una nueva alternativa para la humanidad. El hombre
puede y debe cambiar el curso monetarista de la historia.
Lo expuesto hasta aquí nos permite comprender que no era
casual la presencia de Jean Adam Graaner, veedor del Zar de Rusia y del Rey de
Suecia, en el Congreso de Tucumán de 1816.
Es evidente que tampoco fue un quehacer turístico su regreso a Buenos Aires en
1818, su estadía en San Luis y en Mendoza estudiando minerales y su paso a
Chile para hacer lo mismo. El destino de Graaner lo confirma: en 1819 partió de
Valparaíso rumbo a Calcuta con el propósito de ir a su país por tierra
atravesando Persia y Asia Menor hasta Constantinopla y desde allí a Suecia.
Pero sorpresivamente en Calcuta -por causa de una enfermedad súbita- aparece
embarcado en un navío inglés en el que falleció el 24 de noviembre de 1819 a la
altura del Cabo de la Buena Esperanza (Graaner, 1949: 7-9). Un final similar al
de Mariano Moreno.
Con la muerte de Graaner, representante del heartland, el
camino quedó libre para Woodbine Parish, representante del heartsea. Los
hechos europeos, especificados en el memorándum de la Legación Peruana en
Londres con fecha 7 de enero de 1826, como ya se ha dicho, se dieron con la
prospección que allí se refiere: la muerte súbita en 1825 del Zar Alejandro I
llevó primero al trono a su hermano Constantino I, y casi inmediatamente a
Nicolás I, que gobernó a Rusia desde 1825 hasta 1855. A diferencia de Alejandro
I, que pretendía restaurar el Imperio Español en América a través de la Santa
Alianza monárquica, Nicolás I volcó todo el poder militar de su país en la
ampliación de las fronteras rusas y anuló los proyectos de sus antecesores con
relación a América por vía de ayuda a España. En 1826 conquistó la zona de
Erivan que correspondía a Persia y la anexó a Rusia. Entre 1827 y 1829
intervino -junto con Francia e Inglaterra- a favor de Grecia contra Turquía, y
en 1854 lanzó a su país a la Guerra de Crimea, donde fue perdedor ante las
fuerzas coaligadas de Turquía, Francia e Inglaterra. Paradójicamente, de los
planes zaristas para la América del Sur y la Argentina, sólo quedó -como
símbolo desapercibido- la locomotora "La Porteña" que los ingleses
emplearon en Crimea y luego en 1857, como gran novedad tecnológica, la
arrojaron a nuestro país para iniciar la era del virreinato ferroviario.
Coetáneamente con la muerte de Alejandro I se afirmó la
ubicación de Buenos Aires "en el gran anillo y en la periferia con bases
marítimas", con centro en Londres. Para ello -en ese año de 1825- se
incorporó nuestro país a la estructura financiera de los empréstitos
internacionales.
El primer empréstito fue contratado en 1824, con la casa
Baring Brothers en virtud de la autorización de la Junta de Representantes de
la Provincia, otorgada por ley el 19 de agosto y promulgada el 22 de agosto de
1822 (Registro Oficial Nº 1.620, 1880: 20). Sobre este primer empréstito existe
una abundante bibliografia,
manera sutil ésta de hacer olvidar la cadena de empréstitos posteriores y en
especial los de los tiempos del "Proceso" que fue la última
arremetida para llevar a la Argentina a declararse en situación de quiebra
económica durante la última década de 1990. En verdad, es llamativo el hecho de
que haya tantos autores que se ocuparon del primer empréstito y que no haya uno
solo que hubiese encarado el continuismo detallado de todos los que siguieron
hasta nuestros días, con indicación de tantos datos como los que se vierten
sobre el empréstito de 1824. Un análisis de tal naturaleza todavía es aguardado
por el país, con indicación de imputaciones económicas, causa jurídica,
composición, forma y plazos de amortización y valor de mérito económico.
El empréstito en cuestión se perfeccionó por la aceptación
que hizo la casa acreedora, Baring Brothers, el 2 de julio de 1824. En la nota
de aceptación dirigida al gobierno de las Provincias Unidas, los acreedores
expresan que ven en la operación "una conexión futura con los intereses de
la Europa" (Scalabrini Ortiz, 81981: 103). Apenas siete meses después, el
2 de febrero de 1825, Gran Bretaña reconocía la independencia de las
Provincias Unidas del Río de la Plata, a través de la firma del Tratado de
Amistad, Comercio y Navegación suscripto por el Cónsul Woodbine Parish y el ministro
secretario de Gobierno, Hacienda y Relaciones Exteriores de las Provincias
Unidas, por Ley Fundamental del 23 de enero de 1825, Don Manuel José García. La
sincronización de fechas no da lugar a dudas de que el empréstito de 1824 fue
el precio pagado por el gobierno de Buenos Aires para obtener el reconocimiento
de la independencia "de su nueva y naciente república" (sic),
conforme nos denomina la nota de la Casa Baring Brothers del 2 de julio de
1824. (Scalabrini Ortiz, 81981: 103 y 114).
Las presunciones
graves, precisas y concordantes que existen entre ambos actos -el empréstito y
el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación- llevan a la conclusión jurídica
sentada en el párrafo precedente. El primer empréstito y todos los que hasta
hoy se han sucedido fueron el arma que se ha utilizado para mantenemos en la
ubicación geopolítica que hemos señalado anteriormente.
Fragmento de El libro “La Involución Hispanoamericana. De
Provincias de las Españas a Territorios Tributarios. 1711–2010 - Julio C.
González” Páginas 663-672