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sábado, 5 de septiembre de 2026

Secesión argentina

Ernesto Picco 

El fin de la Argentina no es profecía, es diagnóstico. La Argentina fue dejando de ser una trama integrada y devino archipiélago de enclaves extractivos conectados hacia afuera, hacia la exportación y el contrabando, separados por intersticios desertificados. El gobierno libertario ofrece al mercado inmobiliario la oportunidad de crear santuarios anarcocapitalistas arrancados a la soberanía política sobre el territorio. No debería sorprender: la corriente de opinión inaugurada por Friedrich Hayek prevé desde sus inicios, a mediados del siglo XX, esta estocada final a los Estados nacionales: la fragmentación y apropiación corporativa de porciones de espacio, la secesión. La matriz urbanística es la de zonas económicas especiales, ciudades gestionadas como empresas que calzan perfectamente en la estructura económica misma del modelo posneoliberal argentino, un combo de latifundio, contrabando, futurismo y especulación financiera desconectada de la economía real.

Tal tipo de postulados económicos se corresponde con esta morfología urbana. La privatización de la expansión metropolitana sostenida hace cincuenta años es la hoja de ruta anarcocapitalista. Excepciones a los códigos de planeamiento urbano forjaron  un régimen de prácticas para el que la ley es solo una sugerencia. El zócalo sobre el que avanzan en el Congreso los ejecutores del plan de gobierno es el tramo final de un proceso histórico impulsado por nombres que se repiten.

Javier Milei no destruye un Estado de manual. Lo que algunos lamentan era ya un estado-espejismo instrumental al status quo de negocios. Lo cual explica muchas cosas.

El 12 de mayo, el ministro de Economía, Luis Caputo, recibió al tecno-oligarca Peter Thiel, fundador de las mega empresas tecnológicas PayPal y Palantir, instalado en Buenos Aires desde abril. El misterio es el sello de las operaciones “exotéricas” (anda alertando sobre la llegada del Anticristo) de Thiel. Sus narrativas sci-fi se apilan sobre los disparates económicos y complejizan la lectura de lo que busca. El verdadero sentido de sus teatralizaciones se encuentra lejos de las fotos, como lo demuestra la investigación reciente de Anfibia y Reporteros Sin Fronteras, “Hackear a Peter Thiel”. Más bien, está en esa reforma al régimen de propiedad que impulsa el gobierno libertario —los RIGI, las modificaciones en la Ley de Glaciares y la ley de “inviolabilidad de la propiedad privada”— que es el core de la agenda de la tecno-oligarquía global. 

El archipiélago exportador

La Argentina no es destino turístico de excéntricos magnates y emires fanáticos del paisaje. Tampoco es sólo refugio contra el Armagedón nuclear, aunque no falten inversores que quieran explotar ese nicho paranoico, como la estancia Wamani desarrollada por el millonario argentino Martín Varsavsky en Mendoza. Esta etapa final de la Argentina es la secesión territorial con o sin ley específica. Thiel no requirió norma alguna para hacerse con una parte de Vista Energy, la petrolera de Miguel Galluccio.

El suelo fértil para este tipo de exploraciones es la tradicional desigualdad argentina en la relación entre lo público y lo privado. De un lado, el planeamiento urbano de un Estado enclenque; del otro, el poder de empresarios que conocen mejor que nadie cómo sacarle provecho a ese Estado poroso. Así, el escenario de tensiones entre corporaciones —y entre las potencias Estados Unidos y China—, se traslada a la apropiación de nuestro territorio. Como si fuera tierra virgen, se lo disputan fondos de inversión respaldados por el movimiento trumpista MAGA, la corona británica, rabinos norteamericanos, emires árabes, empresas chinas y las redes parasitarias de las élites locales, siempre dispuestas a venderle todo a cualquiera.

Por eso la revolución que amenaza con fragmentar al país en un archipiélago tiene la forma de las Zonas Económicas Especiales, utopías de ecosistemas sin democracia ni derechos laborales, donde los multimillonarios son déspotas. Sobre esta iniciativa explicó el investigador canadiense Quinn Slobodian: “fue celebrada, y a menudo puesta en acto, por una hueste de ultracapitalistas, libertarios y neoliberales que creían posible escapar de las ataduras de la supervisión y el control democráticos. (…) Una suerte de mundo posible gobernado únicamente por el contrato y el intercambio, dejando atrás el legado hecho bolsa de soberanía popular o gobierno representativo”. 

En la Argentina, esta matriz global opera sobre un sistema de negocios inmobiliarios ordenado hoy por lo que el investigador Michael Goldman describe como speculative urbanism (urbanismo especulativo): la producción de ciudad como activo financiero, sobre los ejemplos de Dubái, Shanghái o Singapur, y ejecutada sin deliberación democrática en nombre de la eficiencia. Un urbanismo neoliberal que elude regulaciones e impone de facto un nuevo diseño del espacio. Algo equivalente a lo que Uber le hizo al transporte y Pay-Pal a las transacciones comerciales. Un urbanismo de plataformas, explica la socióloga australiana Sara Barns, que crea sus propias reglas internas independientes de los sistemas legales y constitucionales.

Una investigación de la revista WIRED expuso la red de organizaciones del lobby que impulsa esta innovación en Estados Unidos. Una coalición que incluye a la Frontier Foundation, apoyada por Pronomos y NeWay Capital, fondo que explota las marcas de Próspera, la ciudad-empresa hondureña severamente cuestionada por Naciones Unidas frente al impacto que tuvo en materia de Derechos Humanos, respaldada por inversiones de Peter Thiel, entre otros. 

El promotor de Próspera llegó a la Argentina antes que el tecnomagnate. El 7 de julio de 2025, el cofundador del enclave hondureño, Gabriel Delgado Ayau, entró a la Casa Rosada y se reunió casi dos horas con el entonces jefe de asesores del presidente, Demian Reidel. Nieto de Manuel Ayau —fundador de la Universidad Francisco Marroquín y presidente de la Sociedad Mont Pelerin, nodo fundado por el propio Hayek—, define las ciudades privadas como un “modelo transportable” y sostiene que la Argentina podría “crear nuevos espacios para invertir, emprender y experimentar”. Reidel, quien debió salir del gobierno en medio de denuncias de sobreprecios en Nucleoeléctrica Argentina, es también el impulsor de los proyectos de data centers de OpenAI en la Patagonia.

Un detalle que debería pesar en las deliberaciones sobre el Súper RIGI es que cuando el Congreso hondureño, bajo el gobierno de Xiomara Castro en 2022, derogó el régimen de zonas especiales, ZEDEs en aquel sistema jurídico, Próspera demandó al Estado en el CIADI del Banco Mundial por 10.775 millones de dólares por “daños a inversiones” (el presupuesto total de Honduras de este año es aproximadamente 16.758 millones de dólares). En 2025, el monto del reclamo bajó a 1.630 millones, pero como el nuevo gobierno de Nasry Asfura pertenece a la fuerza de ultraderecha que había apadrinado las ZEDEs, el desenlace previsible de esta historia es el de una extorsión que toma de rehén al Estado mismo.

Los tecno-oligarcas temen morir tanto como odian pagar impuestos. Por eso impulsan las freedom cities, ciudades de libertad, a la vez guarida fiscal basada en criptomonedas y paraíso de experimentaciones clínicas enloquecidas. Allí no corren los controles estándar de alimentos, medicinas y ensayos clínicos. Son refugio de startups y figuras que promueven soluciones eugenésicas en visiones edulcoradas. Tal es el caso del Próspera Bio Hub, que experimenta con terapias no aprobadas por las autoridades estadounidenses; de Minicircle, respaldada inicialmente por Thiel y Sam Altman, CEO de OpenAI, que promete “alinear tus genes con tus ambiciones”. Bryan Johnson, el biohacker que aplica sobre sí mismo ingeniería genética para la extensión de la vida y vende suplementos alimentarios también se sometió a experimentos allí en 2023. Fue antes de anunciar que padece una enfermedad degenerativa extraña. 

Las ciudades “desreguladas” son producto de una historia de disrupciones urbanas, sueños digitales y gobernanza corporativa. Así es como la producción de la ciudad de esta etapa del capitalismo se convierte en una de las mayores fuentes de reproducción del capital financiero. La nomenclatura llega en inglés porque cada término importa mecánicas conceptuales llave en mano. Imaginarios de “islas de fantasía” que promueve el premio Nobel de economía Paul Romer, fascinación neoliberal en torno al estatuto colonial de Hong Kong y de Singapur, postulados de free-market cities, derivas de las gated communities (barrios privados, como Nordelta), charter cities, start-up cities, freedom cities que son parte de la plataforma política del trumpismo.
Las lecciones mal aprendidas de varios experimentos  fallidos no llegan a impugnar estos experimentos: Hargeisa proyecto delirante financiado en parte por el Estado de bienestar en Somalia, el proyecto de ciudad inteligente Sidewalk Toronto propulsado por Google, y la citada Próspera.

La arquitectura jurídica para blindar el nuevo urbanismo de fragmentación y secesionista llega del norte. Pero en Argentina hacen pie en un régimen de hecho erigido sobre excepciones a la norma y negocios inmobiliarios desde 1976. Nombres como los de Eduardo Costantini y Eduardo Elsztain son los más representativos del tipo de empresario especializado en la producción privada del espacio urbano residencial para los sectores más acomodados, una explotación de la segregación socioespacial de urbes cerradas, que se hizo posible merced a las inversiones públicas en infraestructura —especialmente autopistas— de los años sesenta y setenta.

El canciller Pablo Quirno explicó a principios de agosto que la idea detrás de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada es permitirle a algún extranjero “comprar una provincia o un pueblo”. Pero la extranjerización anhelada por el mileísmo no es mera venta de tierras a ciudadanos de otra nacionalidad. Es sinceramiento jurídico del régimen de hecho. Y el Súper RIGI, con media sanción en Diputados, que el ministro de Economía presentó como un régimen orientado a la instalación de data centers, está pronto a tratarse en el Senado.

Según el Registro Nacional de Tierras Rurales, en agosto de 2026 había 13,3 millones de hectáreas rurales en manos de personas físicas o jurídicas extranjeras, casi el 5% del país. 31 departamentos superan el límite legal del 15% máximo en manos extranjeras; 14 están por encima del 25%. En marzo el Gobierno propuso directamente eliminar ese límite dentro del proyecto de ley de inviolabilidad de la propiedad privada. Lo apoyó la Sociedad Rural con el argumento del precio es un negocio que tiene la vista puesta detrás del horizonte: la hectárea de la zona núcleo cotiza 15 mil dólares contra 25 mil o 30 mil en Iowa. Argentina es el cuarto reservorio mundial de tierra negra (con 39,7 millones de hectáreas) después de Rusia (326,8 millones), Kazajistán (107,7 millones) y China (50 millones).

Esa es la estructura que cobija un ecosistema de negocios con el suelo rural y urbano convertido en encajes financieros.

En este mercado se abre ahora el capítulo de los data centers, centros de cómputo indispensables en la cadena de valor de la inteligencia artificial y las criptomonedas. La primera fase de esta verdadera carrera del oro fue  Stargate Argentina, joint venture de OpenAI, la empresa de Sam Altman, junto a la local Sur Energy para levantar en la Patagonia un centro de datos de 500 megavatios con hasta 25 mil millones de dólares de inversión, estructurado, claro, bajo el RIGI y sus treinta años de privilegios fiscales, monetarios y aduaneros. Desde su anuncio el año pasado no se supo más de Stargate, aunque especialistas consultados para esta nota aseguran que estaría a la espera definiciones de beneficios fiscales para avanzar.

La doble operación de extirpación de soberanía, territorial y popular fue avanzando junto al sistema económico de especulación monetario-financiera y la hegemonía centrada en la city porteña, la bolsa de Rosario, las redes de la exportación y del contrabando. Ahora muta hacia su etapa superior, la cripto y la guarida fiscal.

Mutación urbanística: programa, no desregulación

Lo que progresa no es desregulación, sino enajenación, en las dos acepciones del término. El suelo cambia de dueño y, en el mismo movimiento, la ciudad pierde el control deliberativo sobre su propio destino.

Los números del conurbano describen la transformación. Hay más de 500 urbanizaciones privadas en la región metropolitana de Buenos Aires. Conglomerados de grandes dimensiones que dividen o encierran localidades preexistentes, lo que la investigadora del Conicet Sonia Vidal-Koppmann llama “nuevas fronteras urbanísticas”, un fenómeno de agregación que la normativa de ordenamiento territorial “no ha podido controlar”.

El caso del partido bonaerense de Tigre muestra la mecánica fina: 70% de expansión del suelo urbano entre 1980 y 2017. Y el dato revelador: los grandes movimientos de tierra del período 1999-2017 (los años del auge de Nordelta y sus clones) se hicieron al amparo de apenas dos ordenanzas, según la reconstrucción de Ana Fehrmann. La norma madre sigue siendo, por lo demás, el Decreto-Ley 8912, sancionado por la dictadura en 1977.

La impotencia normativa es, en realidad, la verdadera política de planeamiento urbano caótico. Como señala la economista Jayati Ghosh, “desregulación es una antífrasis”, la palabra nombra lo contrario de lo que hace pues en realidad se trata de una regulación explícita “al servicio de los hedge funds y las tecno-élites”.

Y, sin dudas, en esta jornada larga gran favor le hizo al desarrollo de las zonas la reforma constitucional de 1994. Con marketing progresista, convirtió a las administraciones provinciales en cobradoras de regalías. Un federalismo invertido en el que cada excepción a códigos de planeamiento votada de madrugada es regulación a favor de alguien.

La “respetabilidad” cotiza

El empresarialismo urbano, como lo denominan los ingenieros María Eva Koutsovitis y Jonatan Baldiviezo, se va cristalizando en códigos de edificación con el apoyo político de la derecha argentina. La reforma porteña de 2018 pasó de zonificar por usos a regular por morfología y capacidad constructiva, redujo la superficie destinada al centro libre de manzana, favoreció las demoliciones para así captar la nueva y mayor edificabilidad habilitada. Es decir, convirtió al suelo porteño en una grilla de derechos de edificación negociables. Lo financiarizó.

La maniobra se perfeccionó en 2024. En una sesión maratónica en la que se despacharon más de 300 expedientes, la Legislatura porteña aprobó otra reforma. Esta se vendió como preservación de la identidad barrial. Pero en lo decisivo, optimizó el mercado de derechos de edificación transables al habilitar la transferencia de capacidad constructiva desde los barrios del sur a otros donde la demanda retribuye mejor. El metro cuadrado se desprendió del terreno y se convirtió en activo financiero comprado barato en La Boca o Barracas y transado caro en Palermo o Belgrano.

Esto se agregó a la Ley 6.508 de transformación del Microcentro que permitió computar entre el 50% y el 70% de la inversión privada como pago a cuenta de Ingresos Brutos, una renuncia fiscal de 230 millones de dólares. El Estado subsidiando a los ricos.

El resultado: demoliciones a la orden del día, “cascarones vacíos” que conservan solo la fachada tapiada; catalogaciones desestimadas por el Consejo Asesor de Asuntos Patrimoniales, el Chalet Tudor de Bustillo en venta pese a estar protegido, entre otras. Así se aseguró un mercado con unidades cuyo metro cuadrado supera los 4 mil dólares, en una ciudad con 200 mil viviendas vacías y unas 12 mil personas durmiendo en la calle. El Observatorio del Derecho a la Ciudad llama al modelo de la derecha porteña “la utopía excluyente”. Un sistema en tres tiempos: desplazamiento de sectores vulnerables mediante operativos punitivos, criminalización de la supervivencia —intentos de internación forzosa de personas en situación de calle— y gentrificación.

La compra de la mansión de Thiel en Buenos Aires se inserta en esta dinámica y anticipa la etapa siguiente: 13,5 millones de dólares pagados por Birkdale Emprendimientos, una sociedad constituida 49 días antes de la operación, detrás de la cual la Inspección General de Justicia identificó al abogado jefe y al director financiero de Thiel Capital. La técnica de las sociedades interpuestas (shell companies) que se usó en CABA y el conurbano bonaerense tuvo su propio laboratorio de ensayos en la Patagonia.

El futuro, hoy aquí

La conversión del territorio nacional en un archipiélago de zonas tiene precedentes consumados.

Lago Escondido, en la provincia de Río Negro, es el ejemplo más claro. El magnate inglés Joe Lewis, dueño del equipo de fútbol Tottenham Hotspur de Londres, logró hacerse una estancia en los noventa, que estaba ubicada a pocos kilómetros de El Bolsón. Y en esa operación se apropió también del lago que estaba cerca. En la misma movida, había adquirido tierras en la costa atlántica, donde construyó una pista de aterrizaje más extensa que la del Aeroparque porteño.

Su impulso fagocitador de campos acabó enfrentando a este Gold Silver de la Trulalá patagónica con la población comunitarista que persiste allá. La reacción fue la movilización recurrente de activistas en reclamo de acceso libre al lago en las Marchas por la Soberanía.


Lago Escondido es la secesión de facto: territorio cercado, acceso público judicializado eternamente, jurisdicción extranjerizada dentro del mapa argentino, con el sistema político convalidando todo. Lewis, quien fue indultado recientemente por Donald Trump de su condena a prisión en Nueva York por maniobras financieras irregulares, fue protegido de Mauricio Macri. El expresidente llevó a Barack Obama 1.700 kilómetros hasta aquella mansión a discutir vaya uno a saber qué, durante la presidencia argentina del G20. Fue Macri, además, quien lo favoreció directamente al romper la restricción de que extranjeros acumulen tierras en áreas prioritarias para la seguridad nacional. Su decreto 820/2016 elevó del 25% al 51% el umbral accionario para considerar extranjera a una empresa.

A escasos kilómetros del feudo de Lewis se encuentra el fideicomiso Amaike, de capitales de Emiratos Árabes Unidos. La estancia Las Marías pertenece a la casa real de Abu Dhabi. El tramo de la Ruta 40 que une Bariloche con El Bolsón se convirtió, según el diario Tiempo Argentino, en una servidumbre de paso por el interior de un solo bloque de tierras extranjerizadas: cuatro grupos —Qatar, Emiratos Árabes Unidos, la belga BURCO y el británico Lewis— controlan allí unas 110 mil hectáreas, casi seis veces la superficie de la Ciudad de Buenos Aires. Una sola montaña repartida entre propietarios extranjeros, y las nacientes de cuatro ríos adentro del alambrado.

Lewis le vendió recientemente al emir de Qatar su estancia de la costa oceánica rionegrina, con pista propia de 2.200 metros y hangares para aeronaves de gran porte, a tiro de las Islas Malvinas. El enclave británico se transfirió al enclave catarí.

Los árabes perfeccionaron el modelo de Lewis. Los capitales del Golfo Pérsico entraron encubiertos por sociedades fantasmas habilitadas por el decreto macrista. Y todo hubiera pasado desapercibido si este año las triquiñuelas no hubieran saltado en los tribunales, generando un escándalo que complica al gobernador Alberto Weretilneck.

 


El 7 de abril, el expolista Hugo Barabucci confesó en un juicio que él había comprado un campo de 20 mil hectáreas con dos millones de dólares donados por el gobierno de los Emiratos Árabes Unidos. Detrás de esta revelación apareció un entramado de sociedades fantasma, testaferros y fideicomisos que transfirió finalmente la propiedad a manos directas de dos hombres del poder emiratí: Osama Hussein Saleh Hussein Alahdaly, hombre de confianza del emir de Abu Dhabi, y el general retirado Matar Suhail Alyabhouni Aldhaeri, presidente del Consejo Nacional Federal de los Emiratos Árabes Unidos.

En febrero, en pleno bombardeo iraní contra bases estadounidenses en Emiratos, su presidente, emir de Abu Dhabi y comandante en jefe de sus Fuerzas Armadas, Mohamed bin Zayed Al Nahyan, llegó a Bariloche con una comitiva de 200 personas. ¿Cuál será la naturaleza de esta urgencia?

La zona al dock

En el sur de la CABA todo está listo para la nueva zona libertaria. “Ramblas del Plata” no será un barrio porteño más. Una propuesta que IRSA, la empresa de Eduardo Elsztain, que busca emular la revolución urbanística de Margaret Thatcher en los docks londinenses del East End de los años setenta. Una ciudad entera de iniciativa privada sobre 71,6 hectáreas ganadas al río, entre la Reserva Ecológica y La Boca. Es el proyecto urbano más grande del país. Un Puerto Madero con esteroides, diría Trump. El volumen del negocio: 1.800 millones de dólares de inversión en tres etapas, 895 mil metros cuadrados de capacidad constructiva para entre 6 mil y 10 mil viviendas de lujo en torres, oficinas, hotelería, comercio, escuelas y un paseo costero. IRSA vendió este año casi todos los lotes de la primera etapa.

IRSA es dueña del suelo, fija el masterplan y vende lotes a otros desarrolladores que edifican dentro de sus reglas. Es una zona económica especial de hecho. Su régimen urbanístico no surge del código general de la ciudad sino de un convenio público-privado sancionado a medida del proyecto; el espacio público queda bajo mantenimiento privado por contrato; y la escala es la de una ciudad mediana con gobierno propio. Es exactamente el desplazamiento que Sonia Vidal-Koppmann viene documentando desde hace veinte años en la región metropolitana: de la construcción de barrios cerrados a la creación de ciudades privadas. La desigualdad constitutiva de estas zonas la ubica pegada a la villa Rodrigo Bueno. El contraste no podía ser más lógico.

Pero quien crea que esto empezó con Macri-Rodríguez Larreta y Milei debe mirar el antecedente de Isla Demarchi, un predio vecino a Ramblas del Plata. En 2008, la presidenta Cristina Kirchner se reunió con Elzstain, en lo que fue el puntapié inicial de una cooperación de las fuerzas políticas que ella conducía para aprobar en la Legislatura porteña las modificaciones que requerían los proyectos de IRSA.

 

En 2012, el gobierno del Frente para la Victoria anunció en Isla Demarchi un Polo Audiovisual: doce hectáreas frente al río presentadas como un “Central Park porteño”, con una torre de 335 metros y 67 pisos, estudios de televisión, un hotel de lujo en los pisos superiores y un estadio. El “Hollywood argentino”, financiado a través de la ANSES, interesó también a Elsztain quien incluso recorrió Isla Demarchi a pie junto a su hijo y a funcionarios de presidencia por aquellos días. En 2017, un decreto de Mauricio Macri canceló el Polo y las tierras volvieron a la Agencia de Administración de Bienes del Estado (AABE) donde todavía esperan su turno.

Para confirmar que la enajenación de territorio es un movimiento furtivo pero coherente, Milei y Caputo rediseñaron por decreto el Puerto de Buenos Aires, instruyendo a la Agencia Nacional de Puertos y Navegación a convocar iniciativas privadas para financiar y operar proyectos urbanos público-privados. La hipótesis que trabajos académicos liberalizadores venían modelando, la “paulatina reducción del espacio operativo portuario y un traspaso hacia lógicas de urbanización comercial y residencial”, se convierte en business.

No se puede hacer más lento.

¿Malvinas ZEDE?

Trump corrió por izquierda al entonces primer ministro laborista del Reino Unido, Keir Starmer, amagando con respaldar el reclamo argentino de soberanía sobre Malvinas a comienzos de este año. Semanas más tarde, él mismo recordó que su país no tiene amigos más íntimos que los británicos. Esa fugacidad hizo pensar que se trataba de una represalia por negarse a acompañar la cruzada contra Irán.

Pero ayer mismo, 1 de septiembre, el mismo Trump activó la alerta roja en Londres con respecto a Malvinas. Su gobierno está dispuesto a “revisar” la tradicional posición norteamericana de respaldo al Reino Unido en materia de soberanía, dijo en conferencia de prensa en el Salón Oval. Los libertarios en el gobierno argentino salieron a celebrar la novedad con entusiasmo filonacionalista.

A nosotros nos conviene tomarlo en serio por otro motivo. Leído desde la lógica de la secesión, estos gestos no serían tanto reparación histórica sino caballo de Troya. Washington no le entregaría las Islas a la Argentina, algo absolutamente improbable. Pero el lobby MAGA podría querer quitarle el dominio de las islas al Estado británico, para crear una ZEDE controlada por corporaciones multinacionales en el Atlántico Sur. Un vigía de occidente con su propio régimen jurídico, fiscal, autonomía presupuestaria y ciudadanía por contrato.

Las condiciones materiales para que esto ocurra fueron zanjadas con la aprobación por el gobierno de ocupación del proyecto petrolero Sea Lion en el que participa también una empresa israelí. De la guerra de 1982 a esta parte, el gobierno kelper se convirtió en un “embrión de un Estado nacional” al decir del especialista Federico Lorenz. El petróleo pasó a consolidar una cierta independencia de Malvinas respecto de la metrópoli británica. Condiciones óptimas para la instalación de un nodo geopolítico en el molde de la ciudad-estado-empresa. Normalizar la relación entre la administración colonial y el gobierno argentino amortizaría costos de mantenimiento logístico del enclave. Pero eso no es soberanía.

Legalizar el estado de cosas

El mapa de las innovaciones legislativas del tipo RIGI avanza sobre los pasos de la ley de Bases inicial de Milei para completar la obra de fragmentación del país. El nuevo corpus empujado por Sturzenegger y la City no es otra cosa que la adecuación del sistema legal al estado de cosas y su blindaje hacia el futuro.

Thiel en la Argentina representa el avance de la agenda global de freedom cities, microestados anarco-capitalistas. Y viene porque aquí se está fabricando algo mejor que Próspera. El magnate habría inscripto a sus tres hijas en un colegio porteño como prueba de su convencimiento. La Argentina ofrece a la tecno-oligarquía escala continental, recursos estratégicos, un sistema jurídico perforado por décadas de cesiones discretas, un gobierno que se asume “topo” destructor del Estado que administra, y una distancia cierta de los descalabros geopolíticos que ellos mismos fomentan en Oriente Medio y Europa. Es el prototipo exportable del nuevo régimen de propiedad, inspirado en representaciones idealizadas del feudalismo. La etapa superior del capitalismo financiero en la era de las plataformas y el triunfo de la contracultura antidemocrática. Esta vez parece que el tiro del final sí va a salir.

Y aquí debemos sumar otro factor de incentivos que aceita el proceso histórico de la secesión: el ladrillo como puerta de entrada del dinero global anonimizado. El especialista en crimen organizado Jean-François Gayraud, autor de Le nouveau capitalisme criminel (2014), señala cómo el negocio inmobiliario compra el territorio y la respetabilidad en la misma operación. Los “profesionales grises” —abogados, escribanos, agentes inmobiliarios, banqueros— son los facilitadores indispensables que hoy cuentan con ministerio propio en los gabinetes de Milei y el primo de Macri.

Esta arquitectura jurídica del despojo se afina con el paquete de “inocencia fiscal II”, aprobado en Diputados hace algunos días, que promete volver a blindar a los millonarios del escrutinio sobre el origen de sus fondos. “La evasión y elusión fiscal, los flujos financieros ilícitos, la fuga de capitales y el lavado de activos son fenómenos diferentes pero estrechamente interconectados”, sostienen las especialistas Verónica Grondona y Magdalena Rua. La opacidad es el sello del avance disimulado del programa socio-político de la tecno-oligarquía.

René Lavand engañaba, pero avisaba: no se puede hacer más lento. El gobierno libertario hace el mismo truco pero con las dos manos y el establishment global a favor. En el teatro, cuando la magia termina, el naipe desaparecido vuelve a aparecer. Los países, como la Argentina, tristemente no.

 02/09/26. https://www.revistaanfibia.com/secesion-argentina-territorio-y-especulacion-financiera/

jueves, 27 de agosto de 2026

Ciudad enclave, el urbanismo de los tecnócratas.

Renacimiento nacional N°69 - 27 ago 2026 Diego Lluma devela la propuesta (en ejecución) de crear enclaves urbanos donde no rigen las leyes del Estado Nación. Hugo Melgarejo entrevista a Diego Lluma (periodista, investigador y profesor universitario. Magíster en Ciencias Políticas e Historia por la Universidad de París, se desempeña como director Global de Comunicaciones de la Comisión Independiente para la Reforma del Sistema Internacional de Tributación de Corporaciones -ICRICT-. Profesor de Geopolítica en la UNSAM) quien pone claridad frente al proyecto tecnocrático de los ultra millonarios, que han tomado Argentina como campo de ensayo de sus estrambóticas ideas. Zona Económica Especial, Ciudades de 15 minutos, y Ciudades enclaves son analizadas meticulosamente. Los riesgos que corre nuestra soberanía e integridad territorial. En próximos programas analizaremos con Lluma quienes se oponen a nivel mundial al proyecto del transhumanismo. 


 

jueves, 25 de septiembre de 2025

Blas de Lezo y los enemigos de la hispanidad

Mucho más que un marino intrépido, Don Blas de Lezo fue el símbolo de una lucha de siglos entre dos visiones del mundo enfrentadas en el campo de batalla y en la historia. Este héroe de la hispanidad desafió a Inglaterra y sus ambiciones en América en tiempos de expansión colonial y conflictos globales. Su cuerpo quedó desde temprana edad mutilado por la guerra, aunque su espíritu permaneció intacto. Su mayor hazaña —la defensa de Cartagena de Indias en 1741— no solo frustró a la armada británica, sino que además retrasó por décadas el avance inglés sobre Hispanoamérica. Y aunque su legado fue minimizado y sepultado por la propaganda de quienes escribieron la historia a su favor, Blas de Lezo vive como un símbolo de la resistencia de una cultura hispana que se niega a ser doblegada por el poderoso enemigo anglosajón.

Blas Mariano Miralles Cañuelas 08 de febrero de 2025


Un seguramente muy frío 3 de febrero de 1689 nacía en la pequeña localidad vasca de Pasajes de San Sebastián uno de los mayores héroes de los hispanos en todos los tiempos. Era el día de San Blas y, siguiendo la vieja tradición de una España que en esos años de la premodernidad seguía siendo un bastión del catolicismo, a Blas de Lezo y Olavarrieta no se le podría dar otra gracia o nombre de pila. De familia devota, pero fundamentalmente dedicada en varias generaciones a la exploración de los misterios del mar, puede decirse que Blas de Lezo estaba predestinado a ser quien finalmente fue, aunque desde luego nadie pudo imaginarse de antemano que llegaría tan lejos.

Los últimos años del siglo XVII y los primeros del XVIII fueron tiempos algo extraños para el imperio español, pues si bien estaban todavía muy bien aseguradas las vastas posesiones en América, en Asia, en África e incluso en Oceanía, la Armada española que aseguraba el control tanto de las rutas comerciales como de los territorios estaba debilitada. Empezaba el largo periodo de decadencia de España como potencia naval, el que coincidió con el ascenso de esas nuevas potencias que fueron Gran Bretaña y Francia. Esta última había absorbido en la práctica lo que quedaba de la Armada que se había llamado “invencible” y un siglo antes estuvo a punto de invadir Inglaterra, ni más ni menos.

La misma Armada que entre sus hazañas tenía el descubrimiento de América y la circunnavegación de la Tierra, entre tantas otras, circunstancialmente estaba en manos de Francia y Blas de Lezo empezó entonces aún muy joven, en los albores del siglo XVIII, su carrera de marino bajo las órdenes de oficiales franceses, notablemente de Luis Alejandro de Borbón, uno de los hijos bastardos de Luis XIV, el célebre Rey Sol. Esos eran tiempos de guerra en todas partes y de reparto del mundo colonial, razón por la que a Blas de Lezo le tocó debutar a sus jovencísimos 15 años, en 1704, en una bien gorda: la batalla de Vélez-Málaga, que se dio en el marco de la guerra de Sucesión española y en la que ya de entrada plantó en el lugar del enemigo a los ingleses y a los holandeses.


Monumento a Blas de Lezo emplazado en Madrid. Aquí se ve retratado al “Mediohombre” con una pata de palo, un solo brazo y un solo ojo. Estas son algunas de las tantas heridas de guerra recibidas por Blas de Lezo a lo largo de su carrera militar, todas ellas en combate contra el inglés o sus títeres. Blas de Lezo representa como nadie el heroísmo hispano frente al enemigo histórico y natural de la hispanidad que es el anglosajón, pero también la rebeldía de no dejarse doblegar por el poder aun al costo de seguir luchando después de la mutilación. Una metáfora perfecta de nuestra América hispana balcanizada y mutilada por Londres.

Aparentemente la actuación de Blas de Lezo en Vélez-Málaga fue de enorme bizarría y le rindió un ascenso y una condecoración con privilegios otorgados por la corona española, esto es, fue reconocido como un héroe de la patria. Y también ya de entrada Blas de Lezo habría de recibir la primera de tantas heridas guerra que lo habrían de desfigurar en muy poco tiempo hasta hacerlo merecedor del apodo de “Mediohombre”. En Vélez-Málaga una bala de cañón impactó sobre su pierna izquierda, la que en consecuencia debió ser amputada —sin anestesia— por debajo de la rodilla. A sus 15 años, Blas de Lezo ya era un clásico marinero “pata de palo”.

En los siguientes diez años, Blas de Lezo habría de acumular triunfos en el mar, ascensos y más condecoraciones, pero también heridas graves. Además de la pierna izquierda iba a perder un brazo y un ojo, quedando tuerto, manco y rengo antes de cumplir sus 26 años. Todas esas mutilaciones fueron “logradas” en combate contra el inglés y fueron muy bien reconocidas tanto por la Armada como por la corona. Si bien ya era el “Mediohombre” a sus 25 años, Blas de Lezo también había ascendido a capitán de navío, el rango militar más alto para los oficiales no generales. Y así quedaba a un paso de ser vicealmirante, grado que alcanzaría posteriormente en vida.

Lo más interesante de Blas de Lezo para la hispanidad es sin lugar a duda la defensa de la unidad territorial hispana frente a las pretensiones de los ingleses no solo en Europa y el norte de África, sino además en América. Desde su lugar de potencia naval en ascenso, Inglaterra invirtió una ingente cantidad de esfuerzo en arrebatarle a España sus territorios con el fin de colonizarlos y explotarlos. Mucho antes de las invasiones inglesas de 1806 y 1807 a Buenos Aires —que son capítulos de esa historia de enemistad en el mar entre hispanos y anglosajones—, Inglaterra andaba por el Caribe con ganas de invadir tierra ajena, como siempre. Y allí fue Blas de Lezo a frustrar los intereses de Londres.


Pintura al óleo de la infernal batalla naval de Vélez-Málaga, el debut de Blas de Lezo a sus 15 años en las lides del combate, en 1704. El resultado fue una victoria de la escuadra franco-hispana, aunque los ingleses (aliados aquí a los holandeses) lograron retener el control de Gibraltar. Participaron de este infierno unos 50.000 hombres, cantidad inaudita para la época. Y cada bando debió lamentar más de 3.000 bajas en sus respectivas filas.

Después de una estancia en Perú, donde contrajo matrimonio con una hija de la aristocracia criolla de Lima, Blas de Lezo volvió a Europa a pelear en el Mediterráneo y finalmente fue destinado a Nueva Granada, actual territorio de Colombia, pues los ingleses andaban por allí haciendo sus tropelías y la corona española quería terminar con ese descontrol pirata. Imponiendo el terror en la región del Caribe estaba por esos días un tal Edward Vernon, almirante de la armada inglesa, quien después de apoderarse de Portobelo (actual Panamá), quiso poner sitio a Cartagena de Indias. Y ahí se encontró con Blas de Lezo.

Luego de una desopilante batalla epistolar en la que el español le aseguró al inglés que de haber estado en Portobelo lo habría sacado carpiendo y que le sobraban atributos viriles para darle guerra en cualquier parte, Blas de Lezo efectivamente derrotó y humilló al pirata hundiendo seis de sus principales naves e imponiéndole unas 4.500 bajas hasta obligar a Londres a retirarse de la región y a desistir durante varias décadas de nuevas incursiones en el territorio hispanoamericano. Fieles a su soberbio estilo, los ingleses ya habían acuñado medallas conmemorativas en cuyo anverso podía leerse la siguiente inscripción: “El orgullo español humillado por Vernon”.

Vernon se fue más bien con la cola entre las patas y puede decirse que tuvo la fortuna de no caer en manos de Blas de Lezo. Unos años antes, en 1731 y en el episodio que desató precisamente la guerra del Asiento en el Caribe entre España e Inglaterra, el capitán Juan de León Fandiño había capturado una nave pirata cerca de la Florida (actual territorio de los Estados Unidos, pero entonces parte de España en América) y, cortándole la oreja su par inglés, un tal Robert Jenkins, le dijo: “Aquí tienes tu oreja, llévasela a tu rey para que él sepa que aquí no se hace contrabando”. En Londres se declararon ultrajados por este episodio y el resultado fue la guerra que iba a terminar en 1741 con el triunfo de Blas de Lezo sobre el almirante inglés Vernon.


Nuestra historiografía masónica y anglófila no lo suele explicar porque escinde los tres siglos del periodo colonial y prácticamente los ignora, pero las invasiones inglesas de 1806 y 1807 se inscriben en un contexto mucho más grande que el de nuestro cabotaje. Esas invasiones son parte del esfuerzo que hicieron los ingleses para arrebatar territorios a España en América. La defensa de la patria en esos días era la defensa de la unidad territorial de España, entendida esta como el imperio español. Después vinieron las guerras de independencia a cambiar ese concepto por el de las patrias chicas balcanizadas que tenemos hasta el día de hoy para mayor provecho de los ingleses. Esta pintura, por su parte, es un óleo sobre tela de Francisco Fortuny y retrata a los invasores ingleses apoderándose del cabildo de Luján en 1806.

En realidad, las hazañas de Blas de Lezo se inscriben en algo mucho más grande que es la histórica rivalidad (o, mejor dicho, enemistad) entre hispanos y anglosajones de un modo general, que es un nudo central de la configuración de las relaciones geopolíticas, culturales y económicas de Occidente desde el siglo XVI en adelante. Mucho más que un simple conflicto entre potencias por posesiones coloniales de ultramar, aquí lo que hay es la profundidad de una lucha entre dos civilizaciones muy distintas en una época de indefinición geopolítica que pudo tener cualquier resultado final. El mundo tal y como lo conocemos hoy se formatea decisivamente en esos tiempos épicos.

El imperio español —que, como veíamos, ya iniciaba su decadencia luego de haberse literalmente repartido el mundo con Portugal en Tordesillas— no podría resistir al avance de una Inglaterra que empezaba a industrializarse, modestamente en un principio y luego a gran velocidad. Ese proceso iba a exigir una gran expansión colonial y en América el sujeto de esa aplicación de la teoría del espacio vital habría de ser España. Los ingleses hostigaron allí donde pudieron en la comprensión de que la hegemonía global no iba a lograrse sin derrotar y humillar a los españoles quitándoles territorio. Ahí tenemos en una síntesis muy ligera el origen de una enemistad que existe hasta el presente.

Entre las muchas manifestaciones de esa enemistad están el avance de los Estados Unidos, heredero anglosajón de los ingleses en América, sobre vastas extensiones territoriales de España antes y después de la llamada guerra hispano-estadounidense de 1898, en la que una España derrotada pierde definitivamente lo que quedaba de su imperio a manos de la entonces joven nación yanqui. Pero también la ocupación de Gibraltar y de las Islas Malvinas por parte de los ingleses, agravios que perduran hasta los días de hoy y ahí están como símbolos del odio existente entre Londres y Madrid.


Viejo mapa en alemán del mundo según el Tratado de Tordesillas. Para 1494 y durante un siglo y medio España y Portugal fueron lo equivalente a los Estados Unidos de los días de hoy, esto es, el imperialismo dominante de la época. Y se repartieron al menos teóricamente la totalidad de los territorios hasta que se metieron en la conversación los ingleses, los franceses, los holandeses y, en menor medida, los belgas. España entró en decadencia y el reparto colonial definitivo lo habrían de determinar quienes entraron más tarde al juego, sobre todo Londres y París. Tratados como el de Tordesillas y el de Zaragoza actualmente parecen entelequias, pero fueron en su día palabra santa.

Dos proyectos civilizatorios radicalmente opuestos. Por una parte, España como baluarte de la cristiandad y portadora de la misión de evangelizar mediante la construcción de un orden político mundial basado en los valores del catolicismo. Por otra, una Inglaterra que después de la reforma protestante y de acoger junto a Holanda y Portugal a muchos de los judíos que habían sido expulsados de España intentaba universalizar esa ética protestante, un poco hebrea y profundamente antipapista. Las diferencias ideológicas eran y siguen siendo muy grandes, insalvables. Y se sintetizan con la idea general de una hispanidad aún premoderna enfrentada a la cosmovisión anglosajona del protestantismo, la naciente lógica capitalista de la acumulación de riqueza y el propio capitalismo.

Para 1741 los ingleses ya pensaban tener asegurado el dominio a nivel global, cosa que en efecto iban a tener más tarde, aunque no sin resistencia por parte de los españoles. El triunfo en la guerra del Asiento que se libró en el mar Caribe y las hazañas de Blas de Lezo son frecuentemente omitidas e incluso invisibilizadas en la narrativa de los ingleses, aunque se recuerdan en España y también en Colombia como una de las más importantes gestas de resistencia ante la agresión pirata pues le aseguraron a España algunas décadas más de dominio en América, retrasando el proyecto de expansión que Londres ya consideraba realizado a mediados del siglo XVIII.

Derrotados en el campo de batalla, los ingleses se volcaron a la propaganda de guerra —seguramente asesorados por algunos de los “refugiados” que había acogido en su seno y que siempre fueron muy hábiles en estas artes del engaño— para empezar a ganar la lucha en el plano de la cultura. La llamada leyenda negra de la conquista y la colonización española en América es la pieza más destacada de una colección de relatos ingleses cuyo fin fue pintar a los españoles como los únicos déspotas sangrientos entre los imperialismos entonces existentes. La leyenda negra fue la manera que los ingleses encontraron para explicarle al mundo que los españoles eran muy malos y que convenía más bien rendirse a los pies de Londres.


Otro óleo sobre de tela, este del pincel de Emilio Sala, representando el momento en el que el fray Tomás de Torquemada persuade a los reyes católicos de la necesidad de expulsar a los judíos de España, lo que en efecto ocurre en 1492. Si bien esta expulsión da inicio al siglo de oro español (que fueron casi dos siglos en la práctica), también será determinante para la caída del imperio más tarde pues los judíos refugiados en Inglaterra, Portugal y Holanda utilizarán sus habilidades en el arte del engaño propagandístico (la famosa venta de humo) para crear la leyenda negra y luego su inteligencia financiera para darle a Inglaterra el concepto de neocolonialismo mediante el empréstito usurero y la deuda eterna.

Pero el análisis histórico indica que la cosa pudo haber sido al revés. España comprendía su imperio como una misión civilizadora y evangelizadora primero frente al ateísmo de los portugueses y luego contra el proyecto expansionista, mercantilista y depredador de los anglosajones. Una rápida mirada sobre el legado que España e Inglaterra dejaron en sus colonias es suficiente para comprender que algo de verdad hay en todo eso: mientras el español europeo y después criollo integrado como sujeto de pleno derecho a la corona construían en América ciudades deslumbrantes, infraestructura muy avanzada para los estándares de la época y hasta universidades, pues el suyo era un proyecto de civilización, los ingleses dejaban colonias agotadas y arrasadas por el saqueo en América y mayormente en África y Asia.

Todos los resultados están a la vista y los Estados Unidos —junto a Canadá, que viene siempre en su estela— solo se salvaron de ser como Jamaica o como Uganda porque supieron sacudirse tempranamente el yugo inglés y consolidar una unidad territorial inmensa con mucha conciencia nacional desde el vamos. Todo lo que existe en los Estados Unidos es la obra de los propios estadounidenses independientes y con vocación de potencia, porque de haber dependido del legado inglés no habría allí mucho más que el subdesarrollo usual. Al haber definido en Gettysburg que iban a procesar su propio algodón con su propia industria, los Estados Unidos se salvaron del destino que Inglaterra les impuso a todas sus víctimas.

Entonces la leyenda negra es una simple proyección, son las maldades que los ingleses hacían en sus colonias y les atribuían a los españoles. Lo que Juan dice de Pedro, enseña el sentido común hispano de todos los tiempos, habla mucho más de Juan que de Pedro. Ningún imperialismo es deseable, ciertamente, pero tampoco todo es lo mismo. En siglos de expansionismo europeo sobre el mundo a los hispanoamericanos nos tocó lo más progresista que había y aunque los anglófilos en estas latitudes insistan en que de haberse dado un resultado distinto seríamos como Estados Unidos o Canadá, tal vez como Australia o Nueva Zelanda, conociendo a los ingleses lo más probable es que hubiéramos sido más bien como la India o Pakistán.


Mientras en las colonias de Francia e Inglaterra los sujetos colonizados se las arreglaban como podían viviendo en precarias condiciones, España fundaba y construía en América ciudades deslumbrantes como la de Potosí, la que en su momento tuvo más desarrollo que cualquier capital metropolitana. Bien observada, la leyenda negra es pura proyección de unos ingleses que fueron absolutamente despóticos en sus colonias y no dejaron ni un solo rastro de desarrollo para los sujetos colonizados. Y lo mismo puede decirse de los franceses, de los portugueses y de los holandeses. Pero claro, según el relato del vencedor el malo es solo el español. Todos los demás son buenos.

Montados sobre la leyenda negra que ya para entonces estaba muy bien difundida, los ingleses aprovecharon y hasta impulsaron las guerras de independencia en Hispanoamérica desde principios del siglo XIX. Con su revolución industrial ya en plena marcha no podía demorarse más el acceso irrestricto a las ingentes riquezas de estos territorios y por eso fuimos políticamente libres y, al mismo tiempo, económicamente dependientes de Londres. Los ingleses habían descubierto el concepto de neocolonialismo, en el que no había ninguna necesidad de plantar bandera declarando una colonización formal si al instalar gobiernos títeres “independientes” podían asegurarse el control de las riquezas y de los mercados.

La deuda fue el mecanismo neocolonial por antonomasia. Al finalizar las guerras de independencia, estos novísimos países hispanoamericanos se encontraban en estado de quebranto económico generalizado y los empréstitos “generosamente” ofrecidos por la banca inglesa (controlada por aquellos mismos “refugiados” de otrora, quienes además de ser expertos en propaganda lo eran también en finanzas) con mucha usura establecieron el neocolonialismo inglés de Argentina hasta México. Y allanaron el camino para el extractivismo neocolonial que la revolución industrial inglesa necesitaba para prosperar. La independencia política y la dependencia económica de los países hispanoamericanos son la clave para comprender el éxito de la máquina a vapor europea.

En todo ello está Inglaterra, la enemiga natural de los hispanos. La que está actualmente ocupando el Gibraltar español y las Malvinas argentinas con el solo propósito de refregarnos en la cara su triunfo histórico. No alcanzó con la balcanización de Hispanoamérica hasta quitarle el potencial económico de un país cuya extensión territorial habría sido similar a la de Rusia, también había que dejar plantada la bandera pirata en alguna parte de los territorios hispanos para conmemorar en la geografía y en la toponimia el triunfo histórico del pirata inglés. Nuestra rica tradición literaria atribuye a Blas de Lezo la sentencia definitiva según la que “todo buen español (o hispano, por la parte que nos toca) debe mear siempre mirando a Inglaterra”. No está para nada mal, sería una costumbre muy saludable el no ahorrar en gestos de repudio y de desprecio hacia quienes por misión histórica han elegido la de humillar y destruir una cultura que, sin embargo, es indestructible y no acepta humillaciones. Los 500 millones de hispanos en el mundo indefectiblemente sabremos de qué se trata cuando descubramos la hispanidad en nuestra naturaleza. Ese día mearemos todos mirando a Inglaterra, gloriosamente, que es lo que corresponde según ese gran patriota vasco que vive en cada uno de los que hablamos en la de Cervantes, la más culta y sofisticada de las lenguas.


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