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jueves, 25 de septiembre de 2025

Blas de Lezo y los enemigos de la hispanidad

Mucho más que un marino intrépido, Don Blas de Lezo fue el símbolo de una lucha de siglos entre dos visiones del mundo enfrentadas en el campo de batalla y en la historia. Este héroe de la hispanidad desafió a Inglaterra y sus ambiciones en América en tiempos de expansión colonial y conflictos globales. Su cuerpo quedó desde temprana edad mutilado por la guerra, aunque su espíritu permaneció intacto. Su mayor hazaña —la defensa de Cartagena de Indias en 1741— no solo frustró a la armada británica, sino que además retrasó por décadas el avance inglés sobre Hispanoamérica. Y aunque su legado fue minimizado y sepultado por la propaganda de quienes escribieron la historia a su favor, Blas de Lezo vive como un símbolo de la resistencia de una cultura hispana que se niega a ser doblegada por el poderoso enemigo anglosajón.

Blas Mariano Miralles Cañuelas 08 de febrero de 2025


Un seguramente muy frío 3 de febrero de 1689 nacía en la pequeña localidad vasca de Pasajes de San Sebastián uno de los mayores héroes de los hispanos en todos los tiempos. Era el día de San Blas y, siguiendo la vieja tradición de una España que en esos años de la premodernidad seguía siendo un bastión del catolicismo, a Blas de Lezo y Olavarrieta no se le podría dar otra gracia o nombre de pila. De familia devota, pero fundamentalmente dedicada en varias generaciones a la exploración de los misterios del mar, puede decirse que Blas de Lezo estaba predestinado a ser quien finalmente fue, aunque desde luego nadie pudo imaginarse de antemano que llegaría tan lejos.

Los últimos años del siglo XVII y los primeros del XVIII fueron tiempos algo extraños para el imperio español, pues si bien estaban todavía muy bien aseguradas las vastas posesiones en América, en Asia, en África e incluso en Oceanía, la Armada española que aseguraba el control tanto de las rutas comerciales como de los territorios estaba debilitada. Empezaba el largo periodo de decadencia de España como potencia naval, el que coincidió con el ascenso de esas nuevas potencias que fueron Gran Bretaña y Francia. Esta última había absorbido en la práctica lo que quedaba de la Armada que se había llamado “invencible” y un siglo antes estuvo a punto de invadir Inglaterra, ni más ni menos.

La misma Armada que entre sus hazañas tenía el descubrimiento de América y la circunnavegación de la Tierra, entre tantas otras, circunstancialmente estaba en manos de Francia y Blas de Lezo empezó entonces aún muy joven, en los albores del siglo XVIII, su carrera de marino bajo las órdenes de oficiales franceses, notablemente de Luis Alejandro de Borbón, uno de los hijos bastardos de Luis XIV, el célebre Rey Sol. Esos eran tiempos de guerra en todas partes y de reparto del mundo colonial, razón por la que a Blas de Lezo le tocó debutar a sus jovencísimos 15 años, en 1704, en una bien gorda: la batalla de Vélez-Málaga, que se dio en el marco de la guerra de Sucesión española y en la que ya de entrada plantó en el lugar del enemigo a los ingleses y a los holandeses.


Monumento a Blas de Lezo emplazado en Madrid. Aquí se ve retratado al “Mediohombre” con una pata de palo, un solo brazo y un solo ojo. Estas son algunas de las tantas heridas de guerra recibidas por Blas de Lezo a lo largo de su carrera militar, todas ellas en combate contra el inglés o sus títeres. Blas de Lezo representa como nadie el heroísmo hispano frente al enemigo histórico y natural de la hispanidad que es el anglosajón, pero también la rebeldía de no dejarse doblegar por el poder aun al costo de seguir luchando después de la mutilación. Una metáfora perfecta de nuestra América hispana balcanizada y mutilada por Londres.

Aparentemente la actuación de Blas de Lezo en Vélez-Málaga fue de enorme bizarría y le rindió un ascenso y una condecoración con privilegios otorgados por la corona española, esto es, fue reconocido como un héroe de la patria. Y también ya de entrada Blas de Lezo habría de recibir la primera de tantas heridas guerra que lo habrían de desfigurar en muy poco tiempo hasta hacerlo merecedor del apodo de “Mediohombre”. En Vélez-Málaga una bala de cañón impactó sobre su pierna izquierda, la que en consecuencia debió ser amputada —sin anestesia— por debajo de la rodilla. A sus 15 años, Blas de Lezo ya era un clásico marinero “pata de palo”.

En los siguientes diez años, Blas de Lezo habría de acumular triunfos en el mar, ascensos y más condecoraciones, pero también heridas graves. Además de la pierna izquierda iba a perder un brazo y un ojo, quedando tuerto, manco y rengo antes de cumplir sus 26 años. Todas esas mutilaciones fueron “logradas” en combate contra el inglés y fueron muy bien reconocidas tanto por la Armada como por la corona. Si bien ya era el “Mediohombre” a sus 25 años, Blas de Lezo también había ascendido a capitán de navío, el rango militar más alto para los oficiales no generales. Y así quedaba a un paso de ser vicealmirante, grado que alcanzaría posteriormente en vida.

Lo más interesante de Blas de Lezo para la hispanidad es sin lugar a duda la defensa de la unidad territorial hispana frente a las pretensiones de los ingleses no solo en Europa y el norte de África, sino además en América. Desde su lugar de potencia naval en ascenso, Inglaterra invirtió una ingente cantidad de esfuerzo en arrebatarle a España sus territorios con el fin de colonizarlos y explotarlos. Mucho antes de las invasiones inglesas de 1806 y 1807 a Buenos Aires —que son capítulos de esa historia de enemistad en el mar entre hispanos y anglosajones—, Inglaterra andaba por el Caribe con ganas de invadir tierra ajena, como siempre. Y allí fue Blas de Lezo a frustrar los intereses de Londres.


Pintura al óleo de la infernal batalla naval de Vélez-Málaga, el debut de Blas de Lezo a sus 15 años en las lides del combate, en 1704. El resultado fue una victoria de la escuadra franco-hispana, aunque los ingleses (aliados aquí a los holandeses) lograron retener el control de Gibraltar. Participaron de este infierno unos 50.000 hombres, cantidad inaudita para la época. Y cada bando debió lamentar más de 3.000 bajas en sus respectivas filas.

Después de una estancia en Perú, donde contrajo matrimonio con una hija de la aristocracia criolla de Lima, Blas de Lezo volvió a Europa a pelear en el Mediterráneo y finalmente fue destinado a Nueva Granada, actual territorio de Colombia, pues los ingleses andaban por allí haciendo sus tropelías y la corona española quería terminar con ese descontrol pirata. Imponiendo el terror en la región del Caribe estaba por esos días un tal Edward Vernon, almirante de la armada inglesa, quien después de apoderarse de Portobelo (actual Panamá), quiso poner sitio a Cartagena de Indias. Y ahí se encontró con Blas de Lezo.

Luego de una desopilante batalla epistolar en la que el español le aseguró al inglés que de haber estado en Portobelo lo habría sacado carpiendo y que le sobraban atributos viriles para darle guerra en cualquier parte, Blas de Lezo efectivamente derrotó y humilló al pirata hundiendo seis de sus principales naves e imponiéndole unas 4.500 bajas hasta obligar a Londres a retirarse de la región y a desistir durante varias décadas de nuevas incursiones en el territorio hispanoamericano. Fieles a su soberbio estilo, los ingleses ya habían acuñado medallas conmemorativas en cuyo anverso podía leerse la siguiente inscripción: “El orgullo español humillado por Vernon”.

Vernon se fue más bien con la cola entre las patas y puede decirse que tuvo la fortuna de no caer en manos de Blas de Lezo. Unos años antes, en 1731 y en el episodio que desató precisamente la guerra del Asiento en el Caribe entre España e Inglaterra, el capitán Juan de León Fandiño había capturado una nave pirata cerca de la Florida (actual territorio de los Estados Unidos, pero entonces parte de España en América) y, cortándole la oreja su par inglés, un tal Robert Jenkins, le dijo: “Aquí tienes tu oreja, llévasela a tu rey para que él sepa que aquí no se hace contrabando”. En Londres se declararon ultrajados por este episodio y el resultado fue la guerra que iba a terminar en 1741 con el triunfo de Blas de Lezo sobre el almirante inglés Vernon.


Nuestra historiografía masónica y anglófila no lo suele explicar porque escinde los tres siglos del periodo colonial y prácticamente los ignora, pero las invasiones inglesas de 1806 y 1807 se inscriben en un contexto mucho más grande que el de nuestro cabotaje. Esas invasiones son parte del esfuerzo que hicieron los ingleses para arrebatar territorios a España en América. La defensa de la patria en esos días era la defensa de la unidad territorial de España, entendida esta como el imperio español. Después vinieron las guerras de independencia a cambiar ese concepto por el de las patrias chicas balcanizadas que tenemos hasta el día de hoy para mayor provecho de los ingleses. Esta pintura, por su parte, es un óleo sobre tela de Francisco Fortuny y retrata a los invasores ingleses apoderándose del cabildo de Luján en 1806.

En realidad, las hazañas de Blas de Lezo se inscriben en algo mucho más grande que es la histórica rivalidad (o, mejor dicho, enemistad) entre hispanos y anglosajones de un modo general, que es un nudo central de la configuración de las relaciones geopolíticas, culturales y económicas de Occidente desde el siglo XVI en adelante. Mucho más que un simple conflicto entre potencias por posesiones coloniales de ultramar, aquí lo que hay es la profundidad de una lucha entre dos civilizaciones muy distintas en una época de indefinición geopolítica que pudo tener cualquier resultado final. El mundo tal y como lo conocemos hoy se formatea decisivamente en esos tiempos épicos.

El imperio español —que, como veíamos, ya iniciaba su decadencia luego de haberse literalmente repartido el mundo con Portugal en Tordesillas— no podría resistir al avance de una Inglaterra que empezaba a industrializarse, modestamente en un principio y luego a gran velocidad. Ese proceso iba a exigir una gran expansión colonial y en América el sujeto de esa aplicación de la teoría del espacio vital habría de ser España. Los ingleses hostigaron allí donde pudieron en la comprensión de que la hegemonía global no iba a lograrse sin derrotar y humillar a los españoles quitándoles territorio. Ahí tenemos en una síntesis muy ligera el origen de una enemistad que existe hasta el presente.

Entre las muchas manifestaciones de esa enemistad están el avance de los Estados Unidos, heredero anglosajón de los ingleses en América, sobre vastas extensiones territoriales de España antes y después de la llamada guerra hispano-estadounidense de 1898, en la que una España derrotada pierde definitivamente lo que quedaba de su imperio a manos de la entonces joven nación yanqui. Pero también la ocupación de Gibraltar y de las Islas Malvinas por parte de los ingleses, agravios que perduran hasta los días de hoy y ahí están como símbolos del odio existente entre Londres y Madrid.


Viejo mapa en alemán del mundo según el Tratado de Tordesillas. Para 1494 y durante un siglo y medio España y Portugal fueron lo equivalente a los Estados Unidos de los días de hoy, esto es, el imperialismo dominante de la época. Y se repartieron al menos teóricamente la totalidad de los territorios hasta que se metieron en la conversación los ingleses, los franceses, los holandeses y, en menor medida, los belgas. España entró en decadencia y el reparto colonial definitivo lo habrían de determinar quienes entraron más tarde al juego, sobre todo Londres y París. Tratados como el de Tordesillas y el de Zaragoza actualmente parecen entelequias, pero fueron en su día palabra santa.

Dos proyectos civilizatorios radicalmente opuestos. Por una parte, España como baluarte de la cristiandad y portadora de la misión de evangelizar mediante la construcción de un orden político mundial basado en los valores del catolicismo. Por otra, una Inglaterra que después de la reforma protestante y de acoger junto a Holanda y Portugal a muchos de los judíos que habían sido expulsados de España intentaba universalizar esa ética protestante, un poco hebrea y profundamente antipapista. Las diferencias ideológicas eran y siguen siendo muy grandes, insalvables. Y se sintetizan con la idea general de una hispanidad aún premoderna enfrentada a la cosmovisión anglosajona del protestantismo, la naciente lógica capitalista de la acumulación de riqueza y el propio capitalismo.

Para 1741 los ingleses ya pensaban tener asegurado el dominio a nivel global, cosa que en efecto iban a tener más tarde, aunque no sin resistencia por parte de los españoles. El triunfo en la guerra del Asiento que se libró en el mar Caribe y las hazañas de Blas de Lezo son frecuentemente omitidas e incluso invisibilizadas en la narrativa de los ingleses, aunque se recuerdan en España y también en Colombia como una de las más importantes gestas de resistencia ante la agresión pirata pues le aseguraron a España algunas décadas más de dominio en América, retrasando el proyecto de expansión que Londres ya consideraba realizado a mediados del siglo XVIII.

Derrotados en el campo de batalla, los ingleses se volcaron a la propaganda de guerra —seguramente asesorados por algunos de los “refugiados” que había acogido en su seno y que siempre fueron muy hábiles en estas artes del engaño— para empezar a ganar la lucha en el plano de la cultura. La llamada leyenda negra de la conquista y la colonización española en América es la pieza más destacada de una colección de relatos ingleses cuyo fin fue pintar a los españoles como los únicos déspotas sangrientos entre los imperialismos entonces existentes. La leyenda negra fue la manera que los ingleses encontraron para explicarle al mundo que los españoles eran muy malos y que convenía más bien rendirse a los pies de Londres.


Otro óleo sobre de tela, este del pincel de Emilio Sala, representando el momento en el que el fray Tomás de Torquemada persuade a los reyes católicos de la necesidad de expulsar a los judíos de España, lo que en efecto ocurre en 1492. Si bien esta expulsión da inicio al siglo de oro español (que fueron casi dos siglos en la práctica), también será determinante para la caída del imperio más tarde pues los judíos refugiados en Inglaterra, Portugal y Holanda utilizarán sus habilidades en el arte del engaño propagandístico (la famosa venta de humo) para crear la leyenda negra y luego su inteligencia financiera para darle a Inglaterra el concepto de neocolonialismo mediante el empréstito usurero y la deuda eterna.

Pero el análisis histórico indica que la cosa pudo haber sido al revés. España comprendía su imperio como una misión civilizadora y evangelizadora primero frente al ateísmo de los portugueses y luego contra el proyecto expansionista, mercantilista y depredador de los anglosajones. Una rápida mirada sobre el legado que España e Inglaterra dejaron en sus colonias es suficiente para comprender que algo de verdad hay en todo eso: mientras el español europeo y después criollo integrado como sujeto de pleno derecho a la corona construían en América ciudades deslumbrantes, infraestructura muy avanzada para los estándares de la época y hasta universidades, pues el suyo era un proyecto de civilización, los ingleses dejaban colonias agotadas y arrasadas por el saqueo en América y mayormente en África y Asia.

Todos los resultados están a la vista y los Estados Unidos —junto a Canadá, que viene siempre en su estela— solo se salvaron de ser como Jamaica o como Uganda porque supieron sacudirse tempranamente el yugo inglés y consolidar una unidad territorial inmensa con mucha conciencia nacional desde el vamos. Todo lo que existe en los Estados Unidos es la obra de los propios estadounidenses independientes y con vocación de potencia, porque de haber dependido del legado inglés no habría allí mucho más que el subdesarrollo usual. Al haber definido en Gettysburg que iban a procesar su propio algodón con su propia industria, los Estados Unidos se salvaron del destino que Inglaterra les impuso a todas sus víctimas.

Entonces la leyenda negra es una simple proyección, son las maldades que los ingleses hacían en sus colonias y les atribuían a los españoles. Lo que Juan dice de Pedro, enseña el sentido común hispano de todos los tiempos, habla mucho más de Juan que de Pedro. Ningún imperialismo es deseable, ciertamente, pero tampoco todo es lo mismo. En siglos de expansionismo europeo sobre el mundo a los hispanoamericanos nos tocó lo más progresista que había y aunque los anglófilos en estas latitudes insistan en que de haberse dado un resultado distinto seríamos como Estados Unidos o Canadá, tal vez como Australia o Nueva Zelanda, conociendo a los ingleses lo más probable es que hubiéramos sido más bien como la India o Pakistán.


Mientras en las colonias de Francia e Inglaterra los sujetos colonizados se las arreglaban como podían viviendo en precarias condiciones, España fundaba y construía en América ciudades deslumbrantes como la de Potosí, la que en su momento tuvo más desarrollo que cualquier capital metropolitana. Bien observada, la leyenda negra es pura proyección de unos ingleses que fueron absolutamente despóticos en sus colonias y no dejaron ni un solo rastro de desarrollo para los sujetos colonizados. Y lo mismo puede decirse de los franceses, de los portugueses y de los holandeses. Pero claro, según el relato del vencedor el malo es solo el español. Todos los demás son buenos.

Montados sobre la leyenda negra que ya para entonces estaba muy bien difundida, los ingleses aprovecharon y hasta impulsaron las guerras de independencia en Hispanoamérica desde principios del siglo XIX. Con su revolución industrial ya en plena marcha no podía demorarse más el acceso irrestricto a las ingentes riquezas de estos territorios y por eso fuimos políticamente libres y, al mismo tiempo, económicamente dependientes de Londres. Los ingleses habían descubierto el concepto de neocolonialismo, en el que no había ninguna necesidad de plantar bandera declarando una colonización formal si al instalar gobiernos títeres “independientes” podían asegurarse el control de las riquezas y de los mercados.

La deuda fue el mecanismo neocolonial por antonomasia. Al finalizar las guerras de independencia, estos novísimos países hispanoamericanos se encontraban en estado de quebranto económico generalizado y los empréstitos “generosamente” ofrecidos por la banca inglesa (controlada por aquellos mismos “refugiados” de otrora, quienes además de ser expertos en propaganda lo eran también en finanzas) con mucha usura establecieron el neocolonialismo inglés de Argentina hasta México. Y allanaron el camino para el extractivismo neocolonial que la revolución industrial inglesa necesitaba para prosperar. La independencia política y la dependencia económica de los países hispanoamericanos son la clave para comprender el éxito de la máquina a vapor europea.

En todo ello está Inglaterra, la enemiga natural de los hispanos. La que está actualmente ocupando el Gibraltar español y las Malvinas argentinas con el solo propósito de refregarnos en la cara su triunfo histórico. No alcanzó con la balcanización de Hispanoamérica hasta quitarle el potencial económico de un país cuya extensión territorial habría sido similar a la de Rusia, también había que dejar plantada la bandera pirata en alguna parte de los territorios hispanos para conmemorar en la geografía y en la toponimia el triunfo histórico del pirata inglés. Nuestra rica tradición literaria atribuye a Blas de Lezo la sentencia definitiva según la que “todo buen español (o hispano, por la parte que nos toca) debe mear siempre mirando a Inglaterra”. No está para nada mal, sería una costumbre muy saludable el no ahorrar en gestos de repudio y de desprecio hacia quienes por misión histórica han elegido la de humillar y destruir una cultura que, sin embargo, es indestructible y no acepta humillaciones. Los 500 millones de hispanos en el mundo indefectiblemente sabremos de qué se trata cuando descubramos la hispanidad en nuestra naturaleza. Ese día mearemos todos mirando a Inglaterra, gloriosamente, que es lo que corresponde según ese gran patriota vasco que vive en cada uno de los que hablamos en la de Cervantes, la más culta y sofisticada de las lenguas.


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https://revistahegemonia.com/blas-de-lezo-y-los-enemigos-de-la-hispanidad/

sábado, 12 de octubre de 2024

En el día de la raza año 2024

En el Día de la Raza, establecido por decreto del  presidente don Hipólito Yrigoyen, un recuerdo para Blas de Leso, el español que derrotó en Cartagena de Indias a una flota inglesa que llevaba diez hombres por cada uno de los suyos. 

Él supo decir: "Todo buen español, antes de mear, debe asegurarse de estar apuntando hacia Inglaterra".

Blas de Leso
 

Discurso del Gral. Perón en la academia de letras.

12-10-1947 

No me consideraría con derecho a levantar mi voz en el solemne día que se festeja la gloria de España, si mis palabras tuvieran que ser tan sólo halago de circunstancias o simple ropaje que vistiera una conveniencia ocasional. Me veo impulsado a expresar mis sentimientos porque tengo la firme convicción de que las corrientes de egoísmo y las encrucijadas de odio que parecen disputarse la hegemonía del orbe, serán sobrepasadas por el triunfo del espíritu que ha sido capaz de dar vida cristiana y sabor de eternidad al Nuevo Mundo.

No me atrevería a llevar mi voz a los pueblos que, junto con el nuestro, formamos la Comunidad Hispánica, para realizar tan sólo una conmemoración protocolar del Día de la Raza. Únicamente puede justificarse el que rompa mi silencio la exaltación de nuestro espíritu ante la contemplación reflexiva de la influencia que, para sacar al mundo del caos que se debate, puede ejercer el tesoro espiritual que encierra la titánica obra cervantina, suma y compendio apasionado y brillante del inmortal genio de España.

Al impulso ciego de la fuerza, al impulso frío del dinero, la Argentina, coheredera de la espiritualidad hispánica, opone la supremacía vivificante del espíritu.
En medio de un mundo en crisis y de una humanidad que vive acongojada por las consecuencias de la última tragedia e inquieta por la hecatombe que presiente; en medio de la confusión de las pasiones que restallan sobre las conciencias, la Argentina, la isla de paz, deliberada y voluntariamente, se hace presente en este día para rendir cumplido homenaje al hombre cuya figura y obra constituyen la expresión más acabada del genio y la grandeza de la raza.

Y a través de la figura y de la obra de Cervantes va el homenaje argentino a la patria madre, fecunda, civilizadora, eterna, y a todos los pueblos que han salido de su maternal regazo.

Por eso estamos aquí, en esta ceremonia que tiene la jerarquía de símbolo. Porque recordar a Cervantes es reverenciar a la madre España; es sentirse más unidos que nunca a los demás pueblos que descienden legítimamente de tan noble tronco; es afirmar la existencia de una comunidad cultural hispanoamericana de la que somos parte y de una continuidad histórica que tiene en la raza su expresión objetiva más digna, y en el Quijote la manifestación viva y perenne de sus ideales, de sus virtudes y de su cultura; es expresar el convencimiento de que el alto espíritu señoril y cristiano que inspira la Hispanidad iluminará al mundo cuando se disipen las nieblas de los odios y de los egoísmos. Por eso rendimos aquí el doble homenaje a Cervantes y a la raza.

Homenaje, en primer lugar, al grande hombre que legó a la humanidad una obra inmortal, la más perfecta que en su género haya sido escrita, código del honor y breviario del caballero, pozo de sabiduría y, por los siglos de los siglos, espejo y paradigma de su raza.

Destino maravilloso el de Cervantes que, al escribir El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, descubre en el mundo nuevo de su novela, con el gran fondo de la naturaleza filosófica, el encuentro cortés y la unión entrañable de un idealismo que no acaba y de un realismo que se sustenta en la tierra. Y además caridad y amor a la justicia, que entraron en el corazón mismo de América; y son ya los siglos los que muestran, en el laberinto dramático que es esta hora del mundo, que siempre triunfa aquella concepción clara del riesgo por el bien y la ventura de todo afán justiciero. El saber “jugarse entero” de nuestros gauchos es la empresa que ostentan orgullosamente los “quijotes de nuestras pampas”.

En segundo lugar, sea nuestro homenaje a la raza a que pertenecemos.
Para nosotros, la raza no es un concepto biológico. Para nosotros es algo puramente espiritual. Constituye una suma de imponderables que hace que
nosotros seamos lo que somos y nos impulsa a ser lo que debemos ser, por nuestro origen y nuestro destino. Ella es lo que nos aparta de caer en el remedo de otras comunidades cuyas esencias son extrañas a la nuestra, pero a las que con cristiana caridad aspiramos a comprender y respetamos. Para nosotros, la raza constituye nuestro sello personal, indefinible e inconfundible.

Para nosotros los latinos, la raza es un estilo. Un estilo de vida que nos enseña a saber vivir practicando el bien y a saber morir con dignidad.

Nuestro homenaje a la madre España constituye también una adhesión a la cultura occidental.

Porque España aportó al occidente la más valiosa de las contribuciones: el descubrimiento y la colonización de un nuevo mundo ganado para la causa de la cultura occidental.

Su obra civilizadora cumplida en tierras de América no tiene parangón en la historia. Es única en el mundo. Constituye su más calificado blasón y es la mejor ejecutoria de la raza, porque toda la obra civilizadora es un rosario de heroísmos, de sacrificios y de ejemplares renunciamientos.

Su empresa tuvo el sino de una auténtica misión. Ella no vino a las Indias ávida de ganancias y dispuesta a volver la espalda y marcharse una vez exprimido y saboreado el fruto. Llegaba para que fuera cumplida y hermosa realidad el mandato póstumo de la Reina Isabel de “atraer a los pueblos de Indias y convertirlos al servicio de Dios”. Traía para ello la buena nueva de la verdad revelada, expresada en el idioma más hermoso de la tierra. Venía para que esos pueblos se organizaran bajo el imperio del derecho y vivieran pacíficamente. No aspiraban a destruir al indio sino a ganarlo para la fe y dignificarlo como ser humano…

Era un puñado de héroes, de soñadores desbordantes de fe. Venían a enfrentar a lo desconocido; ni el desierto, ni la selva con sus mil especies donde la muerte aguardaba el paso del conquistador en el escenario de una tierra inmensa, misteriosa, ignorada y hostil.

Nada los detuvo en su empresa; ni la sed, ni el hambre, ni las epidemias que asolaban sus huestes; ni el desierto con su monótono desamparo, ni la montaña que les cerraba el paso, ni la selva con sus mil especies de oscuras y desconocidas muertes. A todo se sobrepusieron. Y es ahí, precisamente, en los momentos más difíciles, en los que se los ve más grandes, más serenamente dueños de sí mismos, más conscientes de su destino, porque en ellos parecía haberse hecho alma y figura la verdad irrefutable de que “es el fuerte el que crea los acontecimientos y el débil el que sufre la suerte que le impone el destino”. Pero en los conquistadores pareciera que el destino era trazado por el impulso de su férrea voluntad.
Como no podía ocurrir de otra manera, su empresa fue desprestigiada por sus enemigos, y su epopeya objeto de escarnio, pasto de la intriga y blanco de la calumnia, juzgándose con criterio de mercaderes lo que había sido una empresa de héroes. Todas las armas fueron probadas: se recurrió a la mentira, se tergiversó cuanto se había hecho, se tejió en torno suyo una leyenda plagada de infundios y se la propaló a los cuatro vientos.

Y todo, con un propósito avieso. Porque la difusión de la leyenda negra, que ha pulverizado la crítica histórica seria y desapasionada, interesaba doblemente a los aprovechados detractores. Por una parte, les servía para echar un baldón a la cultura heredada por la comunidad de los pueblos hermanos que constituimos Hispanoamérica.

Por la otra procuraba fomentar así, en nosotros, una inferioridad espiritual propicia a sus fines imperialistas, cuyas asalariados y encumbradísimos voceros
repetían, por encargo, el ominoso estribillo cuya remunerada difusión corría por cuenta de los llamados órganos de información nacional. Este estribillo ha sido el de nuestra incapacidad para manejar nuestra economía e intereses, y la conveniencia de que nos dirigieran administradores de otra cultura y de otra raza. Doble agravio se nos infería: aparte de ser una mentira, era una indignidad y una ofensa a nuestro decoro de pueblos soberanos y libres.

España, nuevo Prometeo, fue así amarrada durante siglos a la roca de la Historia. Pero lo que no se pudo hacer fue silenciar su obra, ni disminuir la magnitud de su empresa que ha quedado como magnífico aporte a la cultura occidental.

Allí están, como prueba fehaciente, las cúpulas de las iglesias asomando en las ciudades fundada por ella; allí sus leyes de Indias, modelo de ecuanimidad, sabiduría y justicia; sus universidades; su preocupación por la cultura, porque “conviene –según se lee en la Nueva Recopilación- que nuestros vasallos, súbditos y naturales, tengan en los reinos de Indias universidades y estudios generales donde sean instruidos y graduados en todas ciencias y facultades, y por el mucho amor y voluntad que tenemos de honrar y favorecer a los de nuestras Indias y desterrar de ellas las tinieblas de la ignorancia y del error, se crean Universidades gozando los que fueren graduados en ellas de las libertades y franquezas de que gozan en estos reinos los que se gradúan en Salamanca”.

Su celo por difundir la verdad revelada porque –como también dice la Recopilación- “teniéndonos por más obligados que ningún otro príncipe del mundo a procurar el servicio de Dios y la gloria de su santo nombre y emplear todas las fuerzas y el poder que nos ha dado, en trabajar que sea conocido y adorado en todo el mundo por verdadero Dios como lo es, felizmente hemos conseguido traer al gremio de la Santa Iglesia Católica las innumerables gentes y naciones que habitan las Indias occidentales, isla y tierra firme del mar océano”.

España levantó ciudades, edificó universidades, difundió la cultura, formó hombres, e hizo mucho más: fundió y confundió su sangre con América y signó a sus hijas con un sello que las hace, si bien distintas a la madre en su forma y apariencias, iguales a ella en su esencia y naturaleza. Incorporó a la suya la expresión de un aporte fuerte y desbordante de vida que remozaba a la cultura occidental con el ímpetu de una energía nueva.

Y si bien hubo yerros, no olvidemos que esa empresa, cuyo cometido la antigüedad clásica hubiera discernido a los dioses, fue aquí cumplida por hombres, por un puñado de hombres que no eran dioses aunque los impulsara, es cierto, el soplo divino de una fe que los hacía creados a la imagen y semejanza de Dios.
Son hombres y mujeres de esa raza los que en heroica comunión rechazan, en 1806, al extranjero invasor, y el hidalgo jefe que obtenida la victoria amenaza con “pena de la vida al que los insulte”. Es gajo de ese tronco el pueblo que en mayo de 1810 asume la revolución recién nacida; es sangre de esa sangre la que vence gloriosamente en Tucumán y Salta y cae con honor en Vilcapugio y Ayohuma; es la que anima el corazón de los montoneros; es la que bulle en el espíritu levantisco e indómito de los caudillos; es la que enciende a los hombres que en 1816 proclaman a la faz del mundo nuestra independencia política; es la que agitada corre por las venas de esa raza de titanes que cruzan las ásperas y desoladas montañas de los Andes, conducidas por un héroe en una marcha que tiene la majestad de un friso griego; es la que ordena a los hombres que forjaron la unidad nacional, y la que alienta a los que organizaron la República; es la que se derramó generosamente cuantas veces fue necesario para defender la soberanía y la dignidad del país; es la misma que moviera al pueblo a reaccionar sin jactancia pero con irreductible firmeza cuando cualquiera osó inmiscuirse en asuntos que no le incumbían y que correspondía solamente a la nación resolverlos; de esa raza es el pueblo que lanzó su anatema a quienes no fueron celosos custodios de su soberanía, y con razón,
porque sabe y la verdad lo asiste, que cuando un Estado no es dueño de sus actos, de sus decisiones, de su futuro y de su destino, la vida no vale la pena de ser allí vivida; de esa raza es ese pueblo, este pueblo nuestro, sangre de nuestra sangre y carne de nuestra carne, heroico y abnegado pueblo, virtuoso y digno, altivo sin alardes y lleno de intuitiva sabiduría, que pacífico y laborioso en su diaria jornada se juega sin alardes la vida con naturalidad de soldado, cuando una causa noble así lo requiere, y lo hace con generosidad de Quijote, ya desde el anónimo y oscuro foso de una trinchera o asumiendo en defensa de sus ideales el papel de primer protagonista en el escenario turbulento de las calles de una ciudad.

Señores: la historia, la religión y el idioma nos sitúan en el mapa de la cultura occidental y latina, a través de su vertiente hispánica, en la que el heroísmo y la nobleza, el ascetismo y la espiritualidad, alcanzan sus más sublimes proporciones. El Día de la Raza, instituido por el Presidente Yrigoyen, perpetúa en magníficos términos el sentido de esta filiación. “La España descubridora y conquistadora –dice el Decreto-, volcó sobre el continente enigmático y magnífico el valor de sus guerreros, el denuedo de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, las labores de sus menestrales y con la aleación de todos estos factores, obró el milagro de conquistar para la civilización la inmensa heredad en que hoy florecen las naciones a las cuales ha dado, con la levadura de su sangre y con la armonía de su lengua, una herencia inmortal que debemos de afirmar y de mantener con jubiloso reconocimiento”.


Si la América olvidara la tradición que enriquece su alma, rompiera sus vínculos con la latinidad, se evadiera del cuadro humanista que le demarca el catolicismo y negara a España, quedaría instantáneamente baldía de coherencia y sus ideas carecerían de validez. Ya lo dijo Menéndez y Pelayo: “Donde no se conserva piadosamente la herencia de lo pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original, ni una idea dominadora”. Y situado
en las antípodas de su pensamiento, Renán afirmó que “el verdadero hombre de progreso es el que tiene los pies enraizados en el pasado”.

El sentido misional de la cultura hispánica, que catequistas y guerreros introdujeron en la geografía espiritual del Nuevo Mundo, es valor incorporado y absorbido por nuestra cultura, lo que ha suscitado una comunidad de ideas e ideales, valores y creencias, a la que debemos preservar de cuantos elementos exóticos pretenden mancillarla. Comprender esta imposición del destino, es el primordial deber de aquellos a quienes la voluntad pública o el prestigio de sus labores intelectuales les habilita para influir en el proceso mental de las muchedumbres. Por mi parte, me he esforzado en resguardar las formas típicas de la cultura a que pertenecemos, trazándome un plan de acción del que pude decir –el 24 de noviembre de 1944- que “tiende, ante todo, a cambiar la concepción materialista de la vida por una exaltación de los valores espirituales”.

Precisamente esa oposición, esa contraposición entre materialismo y espiritualidad, constituye la ciencia del Quijote. O más propiamente representa la exaltación del idealismo, refrenado por la realidad del sentido común.
De ahí la universalidad de Cervantes, a quien, sin embargo, es preciso identificar como genio auténticamente español, tal que no puede concebirse como no sea en España.

Esta solemne sesión que la Academia Argentina de Letras ha querido poner bajo la advocación del genio máximo del idioma en el IV Centenario de su nacimiento, traduce –a mi modo de ver- la decidida voluntad argentina de reencontrar las rutas tradicionales en las que la concepción del mundo y de la persona humana se originan en la honda espiritualidad grecolatina y en la ascética grandeza ibérica y cristiana.

Para participar en ese acto, he preferido traer, antes que una exposición académica sobre la inmortal figura de Cervantes, su palpitación humana, su honda vivencia espiritual y su suprema gracia hispánica. Su vida y en su obra personifica la más alta expresión de las virtudes que nos incumbe resguardar.

Mientras unos soñaban y otros seguían amodorrados en su incredulidad, fue gestándose la tremenda subversión social que hoy vivimos y que preparó la crisis de las estructuras políticas tradicionales. La revolución social de Eurasia ha ido extendiéndose hacia Occidente, y los cimientos de los países latinos del Oeste europeo crujen ante la proximidad de exóticos carros de guerra. Por los Andes asoman su cabeza pretendidos profetas a sueldo de un mundo que abomina de nuestra civilización, y otra trágica paradoja parece cernirse sobre América al oírse voces que, con la excusa de defender los principios de la Democracia (aunque en el fondo quieren proteger los privilegios del capitalismo), permiten el entronizamiento de una nueva y sangrienta Tiranía.

Como miembros de la comunidad occidental, no podemos substraernos a un problema que, de no resolverlo con acierto, puede derrumbar un patrimonio espiritual acumulado durante siglos. Hoy, más que nunca, debe resucitar Don Quijote y abrirse el sepulcro del Cid Campeador.

http://archivoperonista.com/discursos/juan-domingo-peron/1947/discurso-en-academia-argentina-letras-motivo-homenaje-cervantes/


 

viernes, 21 de junio de 2024

Un 20 de junio del año 1500

 

Un 20 de junio del año 1500, en Sevilla, la Reina Isabel I de Castilla, más conocida como Isabel la Católica, prohíbe la esclavitud de los indígenas de América mediante una Real Provisión, en un hecho sin precedentes en la historia de la humanidad. Recordemos que hasta ese momento la esclavitud era considerada algo completamente normal en todo el mundo. Además, con la misma orden, los indígenas pasaron a ser considerados súbditos de la Corona de Castilla y, a la postre, de la Monarquía Universal Hispánica (el Imperio), con las mismas obligaciones y privilegios que los españoles de la Península Ibérica, obligando a que todos aquellos que habían sido esclavizados y llevados a la misma, sean puestos en libertad y devueltos a sus tierras.

Esta ley es transcendental en el nacimiento de las bases de lo que conocemos hoy como «Derechos Humanos». Por ello, conmemorar y celebrar el 20 de junio de 1500, fecha importante en la historia de todas las naciones hispánicas, recordando el legado español con un relato justo y documentado, es lo que necesitamos como herramienta de conocimiento para triunfar sobre el infame relato de nuestros enemigos, que aún predomina dentro y fuera de las fronteras de la ecúmene cultural hispánica, relato plagado de exageraciones, cuando no de falsedades probadas a lo largo del tiempo.

miércoles, 13 de septiembre de 2023

La Patria Hispana, y su involución histórica | TC 060

Julio Carlos González y José Ramón Bravo en Teatro Crítico 060 La Patria Hispana, y su involución histórica 

Texto completo de la Presentación de la cuestión en: http://www.teatrocritico.es/2020/p060... 

Hace doscientos años, en las primeras décadas del siglo XIX, la Monarquía hispánica se desintegró, dando lugar a una veintena de Estados en el continente americano y a la propia España actual, que es también producto de aquella fragmentación. Las interpretaciones sobre este complejo proceso histórico son muy encontradas y han variado mucho las causas que se han intentado buscar para explicarlo, por parte de historiadores y otros científicos sociales. Nosotros lo vamos a ver desde una perspectiva político-económica pero también histórica. Para ello contamos en esta emisión de Teatro Crítico con el profesor D. Julio C. González, abogado, escritor y economista. Presentación de D. Julio Carlos González Julio C. González ha sido un testigo excepcional de una parte importante de la historia argentina. Fue profesor de Economía Política y Derecho del Trabajo en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires desde 1965 hasta 1976. Desde 1989 ha sido profesor de Estructura Económica Argentina en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora (Buenos Aires). Cuenta con más de 50 años de experiencia en la enseñanza, pero también trabajó para el gobierno argentino. Se desempeño como Director de Asuntos Jurídicos y posteriormente como Secretario Técnico de la Presidencia de la Nación durante el gobierno institucional que transcurrió desde el 25 de mayo de 1973 hasta el 24 de marzo de 1976, fecha esta última en que se produjo el golpe militar que derrocó al último gobierno peronista de María Estela Martínez en Argentina. Tiene publicados numerosos artículos y diversos libros de los que podemos mencionar: Defensa nacional y jurisdicción militar (1960), Hernandismo y Martinfierrismo - Geopolítica del Martín Fierro (1975), Hostilidades británicas contra los gobiernos de Perón (1983), La estructura económica argentina (1990), Los tratados de paz por la guerra de las Malvinas - Desocupación y hambre para los argentinos (1991), Isabel Perón - Intimidades de un gobierno (2007). También tiene varias obras inéditas y algunos libros más recientes. En este programa comentaremos en particular su obra La involución Hispanoamericana. De provincias de las Españas a territorios tributarios. El caso argentino, 1711 – 2010 (Docencia, Buenos Aires, 2010), en el que revisa tres siglos de historia económica y política argentina pero cuyas tesis y conclusiones son extrapolables al resto de Hispanoamérica. En sus cerca de 1.000 páginas, el libro incluye interesante cartografía histórica y el texto íntegro de varios tratados internacionales, ya que ambos son herramientas metodológicas utilizadas por el Prof. González. Iniciamos nuestra discusión leyendo las primeras líneas con las que se abre el prolegómeno del libro: «La historia, además de ser saber de lo acontecido, es prognosis –o conocimiento anticipado– del futuro, y su falsificación el camino que conduce al fracaso y a la destrucción de las naciones. Por eso, los actos de los hombres y los actos de los gobiernos del pasado deben tener una veracidad exacta al ser descriptos. Si ese diagnóstico es equivocado jamás las futuras generaciones americanas podrán transitar una nueva huella. Nueva huella que saque a la Hispanidad, esto es, a las Españas de América, desde México hasta Argentina, y a la España Ibérica, del trágico proceso en que se deshacen y se desagregan hace doscientos años» (pág. 13)

"Commonwealth y Argentina" x Julio C. González

Entrevista 5 de octubre 2022 con el ex-Secretario Técnico Presidencia Perón/Isabel; Profesor Facultad; Escritor, Economista, Politólogo e Historiador. Dando una charla de distintos aspectos como Argentina fue afectada en la historia por la geopolítica, económica y social. Por el Imperio Británico. Castigando nefastamente a la Nación Argentina y a sus ciudadanos. Todo el transcurso que pudo durar los gobiernos; algunos más entregados que otros. Los que lidiaron contra ellos en diversas intensidades, fueron derrotados.

 Conspiraciones

jueves, 24 de agosto de 2023

Cartas hispanistas al Rey de España

 "Premio Hispano al hombre del año" a Julio Carlos González

 


 


 

 

Prólogo por Julio Carlos González Nacionalidad argentina.

Abogado y político, es el autor del muy conocido “La involución hispanoamericana”, entre otros libros de historia. Fue profesor de la Universidad de Buenos Aires, y profesor de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Tuvo una actividad política destacada llegando a ser secretario de Estado de la República Argentina.

Capítulo 1
Qué es Hispanidad por Javier Barraycoa. Nacionalidad española
Filosofo y escritor. Es doctor en Filosofía y profesor de la Universidad Abad Oliba. Es el actual presidente y también fundador de Somatemps. Es autor de “Eso no estaba en mi libro de Historia de Cataluña”, “Eso no estaba en mi libro de Historia del Carlismo” entre otros.

Capítulo 2
Alegato al Rey por la defensa de Occidente por Patricio Lons y Fuentes Ortiz. Nacionalidad argentina
Seguramente el historiador y divulgador de la historia común de los países hispanos más conocido de la actualidad. Cuenta con fuerte presencia en redes sociales, siendo la más destacada su canal de youtube: tiene más de 120.000 seguidores, lo que le hace ser el canal hispanista de mayor repercusión.

Capítulo 3
Isabel la Católica por Inmaculada Fernández. Nacionalidad española
Licenciada en historia, Máster en Estudios Hispanoamericanos, cursando su doctorado sobre “El patrimonio hispanoamericano”. Ha dado numerosas conferencias en los países hispanos sobre el patrimonio inmaterial y el patrimonio artístico hispanoamericano. Ha colaborado con el CSIC y diversos medios de comunicación publicando artículos sobre historia hispanoamericana. Es fundadora de la asociación “Circulo hispanista de Granada”.

Capítulo 4
Las Indias no eran colonias por Ferrán Núñez. Nacionalidad cubana
Escritor, profesor y activista de derechos humanos. Dirige la asociación “Autonomía concertada para Cuba” y el canal de redes sociales “Españoles de Cuba”.

Capítulo 5
Las leyes de Indias y Desarrollo en América por Julio Henche. Nacionalidad española
Abogado e historiador. Es autor del libro “Las leyes de Indias”, que expone de forma amena y esclarecedora como fue el ordenamiento jurídico de la monarquía hispánica para proteger a la población nativa americana.

Capítulo 6
El mestizaje en la Hispanidad por Mabel Sánchez Sánchez. Nacionalidad colombiana
Hispanista, fundadora de “Colombia Hispánica” y de “Conocimundo”, escuela hispanoamericana de familias que educan en casa, ingeniera de alimentos con formación en Patrimonio en el IDPC en Bogotá́, gestora de proyectos de patrimonio cultural para familias que educan en el hogar y colaboradora de la revista de educación en casa “Repensando la Educación”.

Capítulo 7
La fundación de ciudades por Miguel García Jiménez. Nacionalidad española
Doctor en Derecho Público, por la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Ha sido profesor universitario, Decano de Derecho y Vicerrector de la Universidad del Pacífico de Guayaquil (Ecuador). Actualmente es profesor en la Universidad Tecnológica de Israel y Decano de la Universidad del Pacífico, en Quito (Ecuador).

Capítulo 8
La fundación de universidades por Ernesto Ladrón de Guevara. Nacionalidad española
Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación y diplomado en Magisterio. Tuvo una actividad política destacada llegando a ser procurador de las Juntas Generales de Álava. Es autor de “Nueva defensa de la Hispanidad”, entre otros libros.

Capítulo 9
La fundación de hospitales por Pablo Lasunción. Nacionalidad española
Fundador de la Asociación HispaUnidad y del canal en youtube del mismo nombre, que cuenta con 20.000 seguidores. Es el impulsor y coordinador del proyecto de desarrollo de este libro.

Capítulo 10
El cuidado de las lenguas indígenas por Fabiola Rivera. Nacionalidad peruana
Licenciada en ciencias de la educación, cursando grado de magister en calidad educativa. Trabaja como profesora de educación secundaria. Tiene una presencia muy activa y gran impacto en redes sociales, bajo el perfil “Una profe hispanista”.

Capítulo 11
El real de a ocho por Oscar Uceda. Nacionalidad española
Licenciado en historia, y presidente de la Asociación de Historiadores de Cataluña (AHCAC). Es conferenciante y autor de diversos libros y artículos sobre historia entre los que destacan “La historia silenciada” y “Carlos I y Cataluña”.

Capítulo 12
La música y otras artes por Marcelo de la Puebla. Nacionalidad chilena
Músico y docente, profesor titulado de guitarra clásica y de guitarra flamenca. Es, asimismo, doctor en Historia y Estudios Humanísticos. Ha ofrecido conciertos y clases magistrales por Europa, América y África del norte, y ha grabado para discográficas especializadas. Numerosos destacados compositores del mundo le han dedicado sus obras, entre los cuales el reconocido maestro Leo Brouwer.

Capítulo 13
La influencia de las potencias extranjeras en la ruptura por Cesáreo Jarabo. Nacionalidad española
Licenciado en filosofía y escritor, autor de varios libros, entre los que destaca “La conquista británica de España”. Tiene una destacada actividad como conferenciante.

Capítulo 14
El apoyo popular, los caudillos indígenas por Ángelo Guiñez Jarpa. Nacionalidad chilena
Historiador y escritor, autor del conocido “Sureños a las armas”.

Capítulo 15
La economía de la Hispanidad unida por Rafael Bahamonde. Nacionalidad ecuatoriana Economista, cursando su doctorado.

Capítulo 16
La palpable realidad de la leyenda negra por Antonio Moreno Nacionalidad española
Historiador, traductor de lengua portuguesa y escritor, autor de varios libros, entre los que destaca “Clamores de un español”. 

El libro tiene como objetivo acercar al ciudadano medio de forma sencilla y amena las verdades históricas de lo que fue la realidad de los 3 siglos de convivencia en los territorios americanos y peninsulares bajo la monarquía hispánica. En última instancia el libro busca que los ciudadanos de todos los países hispanos conozcan, aprecien y valoren su pasado histórico en común, y contemplen con orgullo su hermanamiento cultural.

https://www.sndeditores.com/libro/cartas-hispanistas-al-rey-de-espana_147236/

 
 
 

 

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