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lunes, 28 de marzo de 2022

LA ACADEMIA DEL FACILISMO

EN SALTA SER PERIODISTA E HISTORIADOR SON LAS TITULACIONES MÁS RÁPIDAS DE OBTENER

(ARTÍCULO SÓLO PARA POCOS)

SALTA – POR ERNESTO BISCEGLIA.-

Meditaba un artículo escrito con la excelsitud que sólo Gregorio Caro Figueroa puede redactar donde plantea un problema que es verdad: ¿El periodismo es un oficio o una profesión? La cuestión no es menor en una Salta que supo dar plumas para el bronce y la mayoría de ellas bruñidas en la inspiración, la observación criteriosa, el talento natural y una pasión libertaria irrefrenable, porque en aquellos años el periodismo no se fraguaba en los claustros universitarios pues no los había.

De hecho, pienso, que tanto el periodista como el literato no se hacen, simplemente nacen. Los talleres, las academias, "anche" las universidades informan técnicas, enseñan algo de historia, le "sacan punta al lápiz", pero si el grafito no es bueno la cosa no termina en periodismo o literatura sino en un vocero o escribiente.

Hace una punta de décadas atrás, un periodista hoy empresario de Salta supo decirme en un reportaje que le hiciera para un mensuario que publicaba: "La Universidad Católica lo único que hace es sacar noteros de $ 300 pesos". Y era verdad pues luego de siete años, esos muchachos y chicas titulados terminaban en su radio haciendo reportajes callejeros. Pero no había materia para amasar una crónica, para orientarla como un misil ni mucho menos para provocar siquiera un daño colateral. Nada.

Señala en un pasaje de su escrito "El Gori" (Caro Figueroa) que los mejores catedráticos del periodismo eran nuestros mayores. Y pondré en ejemplo a nuestro Néstor Salvador Quintana cuyo oficio lo llevó a la titularidad de una cátedra universitaria. Quintana es el ejemplo paradigmático de lo que decimos, es el periodista, pero además conoce en profundidad la historia, puede debatir de filosofía, de sociología y demás etcéteras, porque es el hombre que se acerca a la definición de Publio Terencio Africano: "Hombre soy, y nada de lo humano me es ajeno".

El periodista es en esencia una rara avis; es el Diógenes que habita en la soledad del barril mirando pasar a la sociedad y meditando sobre sus carencias, denunciando la soberbia de los encumbrados a costa del saqueo público, el que señala al tonsurado en su hipocresía eucarística, el que intenta aportar ideas allí donde los encefalogramas de los funcionarios dan plano, el que profetiza incluso. Por eso, los verdaderos periodistas no acaudalan dineros, porque como enseñaría el Maestro Francesco Pagliaro "La cultura no da dinero". Claro que para poder hacer todo esto es imprescindible ser libre, una categoría que el grueso de la sociedad todavía no alcanzó.

Por eso el periodista libre no puede tener pauta publicitaria oficial. La pauta oficial es el cancerbero de las ideas.

Para ejercer un verdadero periodismo, el hombre o la mujer de la pluma no pueden ser empleados de medios sino empresarios de sí mismos, con todos los riesgos que ello involucra en una sociedad tan mediocre, tan pacata, tan hipócrita y tan decadente como es esta en la que han convertido a Salta.

Se muere en el intento o se vive como un indolente de la palabra a precio vil.

En Salta, el periodismo es pues, uno de esos títulos que se obtienen con mayor facilidad de lo que costaría laurearse en una academia de dactilografía (¡Vaya la antigüedad!), porque basta conseguir un espacio en una radio, en un canal, montar una página web y pedir pauta publicitaria al gobierno. Lo que sigue es el escándalo de la palabra: escuchamos a terroristas del idioma que piensan que proferir palabrotas le da tono a su discurso. Leemos artículos escritos por iletrados y hasta verdaderos ágrafos. Todos, eso sí, maestros del "Cute and Past".

Paradójicamente, el primer corruptor del periodismo es el Estado quien no paga una pauta, sino que soborna conciencias. Porque si fueran gobiernos verdaderamente democráticos distribuirían las pautas aún a quienes no solventan sus errores. Así hemos visto emerger en Salta fortunas personales que de no haber existido la venalidad estatal no existirían. Quienes no son tan privilegiados viven ajustados a esos mendrugos que el dueño del dinero oficial les da con cuentagotas so pena de que digan que el gobernante de turno es un Adonis, sus ministros son mejores que los dioses del Olimpo y la gestión es tan buena que haría empalidecer de la envidia al propio Wiston Churchill.


La pauta publicitaria otorga el inmediato título de "periodista". 

Historiadores a la carta

La otra cuestión que planteaba –insisto con maestría- Caro Figueroa era la de historiador. Y me pregunto ¿El historiador necesariamente debe ser un académico titulado? Entiendo que no, porque historiador es aquel que no sólo posee el arte de escribir, la paciencia de leer sino que además sus pulmones han aspirado durante años el acre olor del papel antiguo y el polvo de los archivos.

En Salta, el General Martín Miguel de Güemes ha sido quizás el mayor otorgador de títulos de historiador. Cualquiera con algo de paciencia que haya leído las obras mayores sobre la Gesta Güemesiana garrapatea unas hojas, las imprime y obtiene dos cosas: su libro y su título de "historiador".

En esta Salta tan generosa para con los anodinos y triviales y con los emparentados o cercanos, esos pseudo historiadores alcanzan la toga de funcionarios y disciernen ellos sobre historia cuando algunos ni siquiera han podido escribir un suelto o una esquela laudatoria para un cumpleaños. Y como los fariseos se honran a sí mismos haciéndose presentar en los actos públicos y medios de prensa como "historiadores". ¿Con un solo libro? ¿O tal vez ninguno?

En el paroxismo de la indignidad y la indigencia mental, vemos funcionarios que por haber llegado a esa silla curul mediante artimañas, genuflexiones o concesiones libidinosas, en los actos públicos ahora se hacen llamar "Doctor". ¡Que hable el "dotor"!

Haré memoria de algunos historiadores de fuste que supo tener Salta como Teresa Cadenas de Hessling, Luis Oscar Colmenares, Ercilia Navamuel, Monseñor Miguel Ángel Vergara, Atilio Cornejo, Carlos Gregorio Romero Sosa, antes, Miguel Ángel Solá, Vicente Arias, Ernesto Miguel Aráoz, Benita Campos… y otros de esa talla con quienes mi memoria es injusta. Por supuesto, Gregorio Caro Figueroa y Sara Mata.

Aquí también el Estado es responsable porque no fomenta el cultivo de la investigación. Pondré nada más como ejemplo el caso del Instituto Güemesiano de Salta, abandonado al garete durante la "gestión" de Juan Manuel Urtubey, y el que antes fuera cenáculo de personalidades dedicadas a la investigación y difusión de la Gesta Güemesiana, terminó asaltado por advenedizos, viandantes ocasionales, queridas, testaferros de ocasión, una verdadera caterva de oportunistas que de pronto obtuvieron sello de académicos. Ese Instituto Güemesiano hace más de una década que no ha vuelto a publicar sus valiosos "Boletines" donde se hallaban artículos de una exquisita y excelsa calidad histórica como literaria. Hoy, unos salteadores y algún punguista de la historia ocupan ese antes privilegiado lugar.

Expreso públicamente a modo de declaración jurada que NO SOY HISTORIADOR. Digo también cuánto me molesta –y lo hago saber- cada vez que algún medio me invoca como historiador. Apenas podría aspirar a ser un "analista del pasado".

Tengo escritos algunos libros que hablan de historia, sí; pero son ensayos livianos sobre temas de la historia, no investigaciones históricas. No soy historiador porque jamás he pisado un archivo. Lo de uno son elucubraciones intelectuales sobre los procesos o personajes de la historia. El historiador es una talla mayor que en Salta está bastante alicaída.

Final "Allegro ma non tropo"

La provincia de Salta que supo ser fragua y escuela de periodistas y de historiadores cuyos nombres trascendieron las fronteras y calaron en la historia nacional, hoy carece de plumas de fuste, de espíritus libres y de mentes avivadas al fuego de la pasión de escribir para servir al público. Hoy muchos escriben para servirse de la migaja que un individuo que a la vez hace las veces de censor les da y les quita.

Nadie se corre media letra del libreto oficial por temor a perder la modesta subvención. El Estado es el primer corruptor de la libertad de expresión y que mata a la opinión pública para consagrar en su lugar a la opinión publicada.

Si fueran verdaderamente democráticos, ¿Daría el Estado una pauta publicitaria a quien "no es del palo"? ¡Jamás! Cuando el gobierno es mediocre es prisionero de su miopía histórica. Y eso encuentra razón en el temor del gobierno a la Verdad.

En suma, el periodismo y la historia antes que títulos académicos son pasiones. Y toda pasión es irrefrenable, tormentosa, no siempre librada de un final trágico. Pero es esencialmente LIBRE.

Estas dos pasiones son seguidas y consecuentes, porque como se preguntaría Gabriel García Márquez, "¿No ha sido antes el historiador un periodista?".

Luego, estas dos pasiones se resumen en aquella frase de Emil Chioran: "Todo libro (o artículo) debe hurgar en las heridas, provocarlas incluso ¡Todo escrito debe ser un peligro"!

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