Mucho más que un marino
intrépido, Don Blas de Lezo fue el símbolo de una lucha de siglos entre dos
visiones del mundo enfrentadas en el campo de batalla y en la historia. Este
héroe de la hispanidad desafió a Inglaterra y sus ambiciones en América en tiempos
de expansión colonial y conflictos globales. Su cuerpo quedó desde temprana
edad mutilado por la guerra, aunque su espíritu permaneció intacto. Su mayor
hazaña —la defensa de Cartagena de Indias en 1741— no solo frustró a la armada
británica, sino que además retrasó por décadas el avance inglés sobre
Hispanoamérica. Y aunque su legado fue minimizado y sepultado por la propaganda
de quienes escribieron la historia a su favor, Blas de Lezo vive como un
símbolo de la resistencia de una cultura hispana que se niega a ser doblegada
por el poderoso enemigo anglosajón.
Blas
Mariano Miralles Cañuelas 08 de febrero de 2025
Un seguramente muy frío 3 de
febrero de 1689 nacía en la pequeña localidad vasca de Pasajes de San Sebastián
uno de los mayores héroes de los hispanos en todos los tiempos. Era el día de
San Blas y, siguiendo la vieja tradición de una España que en esos años de la
premodernidad seguía siendo un bastión del catolicismo, a Blas de Lezo y
Olavarrieta no se le podría dar otra gracia o nombre de pila. De familia
devota, pero fundamentalmente dedicada en varias generaciones a la exploración
de los misterios del mar, puede decirse que Blas de Lezo estaba predestinado a
ser quien finalmente fue, aunque desde luego nadie pudo imaginarse de antemano
que llegaría tan lejos.
Los últimos años del siglo XVII y
los primeros del XVIII fueron tiempos algo extraños para el imperio español,
pues si bien estaban todavía muy bien aseguradas las vastas posesiones en
América, en Asia, en África e incluso en Oceanía, la Armada española que
aseguraba el control tanto de las rutas comerciales como de los territorios
estaba debilitada. Empezaba el largo periodo de decadencia de España como
potencia naval, el que coincidió con el ascenso de esas nuevas potencias que
fueron Gran Bretaña y Francia. Esta última había absorbido en la práctica lo
que quedaba de la Armada que se había llamado “invencible” y un siglo antes
estuvo a punto de invadir Inglaterra, ni más ni menos.
La misma Armada que entre sus
hazañas tenía el descubrimiento de América y la circunnavegación de la Tierra,
entre tantas otras, circunstancialmente estaba en manos de Francia y Blas de
Lezo empezó entonces aún muy joven, en los albores del siglo XVIII, su carrera
de marino bajo las órdenes de oficiales franceses, notablemente de Luis
Alejandro de Borbón, uno de los hijos bastardos de Luis XIV, el célebre Rey
Sol. Esos eran tiempos de guerra en todas partes y de reparto del mundo
colonial, razón por la que a Blas de Lezo le tocó debutar a sus jovencísimos 15
años, en 1704, en una bien gorda: la batalla de Vélez-Málaga, que se dio en el
marco de la guerra de Sucesión española y en la que ya de entrada plantó en el
lugar del enemigo a los ingleses y a los holandeses.

Monumento a Blas de Lezo emplazado
en Madrid. Aquí se ve retratado al “Mediohombre” con una pata de palo, un solo
brazo y un solo ojo. Estas son algunas de las tantas heridas de guerra
recibidas por Blas de Lezo a lo largo de su carrera militar, todas ellas en
combate contra el inglés o sus títeres. Blas de Lezo representa como nadie el
heroísmo hispano frente al enemigo histórico y natural de la hispanidad que es
el anglosajón, pero también la rebeldía de no dejarse doblegar por el poder aun
al costo de seguir luchando después de la mutilación. Una metáfora perfecta de
nuestra América hispana balcanizada y mutilada por Londres.
Aparentemente la actuación de
Blas de Lezo en Vélez-Málaga fue de enorme bizarría y le rindió un ascenso y
una condecoración con privilegios otorgados por la corona española, esto es,
fue reconocido como un héroe de la patria. Y también ya de entrada Blas de Lezo
habría de recibir la primera de tantas heridas guerra que lo habrían de
desfigurar en muy poco tiempo hasta hacerlo merecedor del apodo de
“Mediohombre”. En Vélez-Málaga una bala de cañón impactó sobre su pierna
izquierda, la que en consecuencia debió ser amputada —sin anestesia— por debajo
de la rodilla. A sus 15 años, Blas de Lezo ya era un clásico marinero “pata de
palo”.
En los siguientes diez años, Blas
de Lezo habría de acumular triunfos en el mar, ascensos y más condecoraciones,
pero también heridas graves. Además de la pierna izquierda iba a perder un
brazo y un ojo, quedando tuerto, manco y rengo antes de cumplir sus 26 años.
Todas esas mutilaciones fueron “logradas” en combate contra el inglés y fueron
muy bien reconocidas tanto por la Armada como por la corona. Si bien ya era el
“Mediohombre” a sus 25 años, Blas de Lezo también había ascendido a capitán de
navío, el rango militar más alto para los oficiales no generales. Y así quedaba
a un paso de ser vicealmirante, grado que alcanzaría posteriormente en vida.
Lo más interesante de Blas de
Lezo para la hispanidad es sin lugar a duda la defensa de la unidad territorial
hispana frente a las pretensiones de los ingleses no solo en Europa y el norte
de África, sino además en América. Desde su lugar de potencia naval en ascenso,
Inglaterra invirtió una ingente cantidad de esfuerzo en arrebatarle a España
sus territorios con el fin de colonizarlos y explotarlos. Mucho antes de las
invasiones inglesas de 1806 y 1807 a Buenos Aires —que son capítulos de esa
historia de enemistad en el mar entre hispanos y anglosajones—, Inglaterra
andaba por el Caribe con ganas de invadir tierra ajena, como siempre. Y allí
fue Blas de Lezo a frustrar los intereses de Londres.

Pintura al óleo de
la infernal batalla naval de Vélez-Málaga, el debut de Blas de Lezo a sus 15
años en las lides del combate, en 1704. El resultado fue una victoria de la
escuadra franco-hispana, aunque los ingleses (aliados aquí a los holandeses)
lograron retener el control de Gibraltar. Participaron de este infierno unos
50.000 hombres, cantidad inaudita para la época. Y cada bando debió lamentar
más de 3.000 bajas en sus respectivas filas.
Después de una estancia en Perú,
donde contrajo matrimonio con una hija de la aristocracia criolla de Lima, Blas
de Lezo volvió a Europa a pelear en el Mediterráneo y finalmente fue destinado
a Nueva Granada, actual territorio de Colombia, pues los ingleses andaban por
allí haciendo sus tropelías y la corona española quería terminar con ese
descontrol pirata. Imponiendo el terror en la región del Caribe estaba por esos
días un tal Edward Vernon, almirante de la armada inglesa, quien después de
apoderarse de Portobelo (actual Panamá), quiso poner sitio a Cartagena de
Indias. Y ahí se encontró con Blas de Lezo.
Luego de una desopilante batalla
epistolar en la que el español le aseguró al inglés que de haber estado en
Portobelo lo habría sacado carpiendo y que le sobraban atributos viriles para
darle guerra en cualquier parte, Blas de Lezo efectivamente derrotó y humilló
al pirata hundiendo seis de sus principales naves e imponiéndole unas 4.500
bajas hasta obligar a Londres a retirarse de la región y a desistir durante
varias décadas de nuevas incursiones en el territorio hispanoamericano. Fieles
a su soberbio estilo, los ingleses ya habían acuñado medallas conmemorativas en
cuyo anverso podía leerse la siguiente inscripción: “El orgullo español
humillado por Vernon”.
Vernon se fue más bien con la
cola entre las patas y puede decirse que tuvo la fortuna de no caer en manos de
Blas de Lezo. Unos años antes, en 1731 y en el episodio que desató precisamente
la guerra del Asiento en el Caribe entre España e Inglaterra, el capitán Juan
de León Fandiño había capturado una nave pirata cerca de la Florida (actual
territorio de los Estados Unidos, pero entonces parte de España en América) y,
cortándole la oreja su par inglés, un tal Robert Jenkins, le dijo: “Aquí tienes
tu oreja, llévasela a tu rey para que él sepa que aquí no se hace contrabando”.
En Londres se declararon ultrajados por este episodio y el resultado fue la
guerra que iba a terminar en 1741 con el triunfo de Blas de Lezo sobre el
almirante inglés Vernon.

Nuestra
historiografía masónica y anglófila no lo suele explicar porque escinde los
tres siglos del periodo colonial y prácticamente los ignora, pero las
invasiones inglesas de 1806 y 1807 se inscriben en un contexto mucho más grande
que el de nuestro cabotaje. Esas invasiones son parte del esfuerzo que hicieron
los ingleses para arrebatar territorios a España en América. La defensa de la
patria en esos días era la defensa de la unidad territorial de España,
entendida esta como el imperio español. Después vinieron las guerras de
independencia a cambiar ese concepto por el de las patrias chicas balcanizadas
que tenemos hasta el día de hoy para mayor provecho de los ingleses. Esta
pintura, por su parte, es un óleo sobre tela de Francisco Fortuny y retrata a los
invasores ingleses apoderándose del cabildo de Luján en 1806.
En realidad, las hazañas de Blas
de Lezo se inscriben en algo mucho más grande que es la histórica rivalidad (o,
mejor dicho, enemistad) entre hispanos y anglosajones de un modo general, que
es un nudo central de la configuración de las relaciones geopolíticas,
culturales y económicas de Occidente desde el siglo XVI en adelante. Mucho más
que un simple conflicto entre potencias por posesiones coloniales de ultramar,
aquí lo que hay es la profundidad de una lucha entre dos civilizaciones muy
distintas en una época de indefinición geopolítica que pudo tener cualquier
resultado final. El mundo tal y como lo conocemos hoy se formatea decisivamente
en esos tiempos épicos.
El imperio español —que, como
veíamos, ya iniciaba su decadencia luego de haberse literalmente repartido el
mundo con Portugal en Tordesillas— no podría resistir al avance de una
Inglaterra que empezaba a industrializarse, modestamente en un principio y luego
a gran velocidad. Ese proceso iba a exigir una gran expansión colonial y en
América el sujeto de esa aplicación de la teoría del espacio vital habría de
ser España. Los ingleses hostigaron allí donde pudieron en la comprensión de
que la hegemonía global no iba a lograrse sin derrotar y humillar a los
españoles quitándoles territorio. Ahí tenemos en una síntesis muy ligera el
origen de una enemistad que existe hasta el presente.
Entre las muchas manifestaciones
de esa enemistad están el avance de los Estados Unidos, heredero anglosajón de
los ingleses en América, sobre vastas extensiones territoriales de España antes
y después de la llamada guerra hispano-estadounidense de 1898, en la que una
España derrotada pierde definitivamente lo que quedaba de su imperio a manos de
la entonces joven nación yanqui. Pero también la ocupación de Gibraltar y de
las Islas Malvinas por parte de los ingleses, agravios que perduran hasta los
días de hoy y ahí están como símbolos del odio existente entre Londres y
Madrid.

Viejo mapa en
alemán del mundo según el Tratado de Tordesillas. Para 1494 y durante un siglo
y medio España y Portugal fueron lo equivalente a los Estados Unidos de los
días de hoy, esto es, el imperialismo dominante de la época. Y se repartieron
al menos teóricamente la totalidad de los territorios hasta que se metieron en
la conversación los ingleses, los franceses, los holandeses y, en menor medida,
los belgas. España entró en decadencia y el reparto colonial definitivo lo
habrían de determinar quienes entraron más tarde al juego, sobre todo Londres y
París. Tratados como el de Tordesillas y el de Zaragoza actualmente parecen
entelequias, pero fueron en su día palabra santa.
Dos proyectos civilizatorios
radicalmente opuestos. Por una parte, España como baluarte de la cristiandad y
portadora de la misión de evangelizar mediante la construcción de un orden
político mundial basado en los valores del catolicismo. Por otra, una Inglaterra
que después de la reforma protestante y de acoger junto a Holanda y Portugal a
muchos de los judíos que habían sido expulsados de España intentaba
universalizar esa ética protestante, un poco hebrea y profundamente
antipapista. Las diferencias ideológicas eran y siguen siendo muy grandes,
insalvables. Y se sintetizan con la idea general de una hispanidad aún
premoderna enfrentada a la cosmovisión anglosajona del protestantismo, la
naciente lógica capitalista de la acumulación de riqueza y el propio
capitalismo.
Para 1741 los ingleses ya
pensaban tener asegurado el dominio a nivel global, cosa que en efecto iban a
tener más tarde, aunque no sin resistencia por parte de los españoles. El
triunfo en la guerra del Asiento que se libró en el mar Caribe y las hazañas de
Blas de Lezo son frecuentemente omitidas e incluso invisibilizadas en la
narrativa de los ingleses, aunque se recuerdan en España y también en Colombia
como una de las más importantes gestas de resistencia ante la agresión pirata
pues le aseguraron a España algunas décadas más de dominio en América,
retrasando el proyecto de expansión que Londres ya consideraba realizado a
mediados del siglo XVIII.
Derrotados en el campo de
batalla, los ingleses se volcaron a la propaganda de guerra —seguramente
asesorados por algunos de los “refugiados” que había acogido en su seno y que
siempre fueron muy hábiles en estas artes del engaño— para empezar a ganar la
lucha en el plano de la cultura. La llamada leyenda negra de la conquista y la
colonización española en América es la pieza más destacada de una colección de
relatos ingleses cuyo fin fue pintar a los españoles como los únicos déspotas
sangrientos entre los imperialismos entonces existentes. La leyenda negra fue
la manera que los ingleses encontraron para explicarle al mundo que los
españoles eran muy malos y que convenía más bien rendirse a los pies de
Londres.

Otro óleo sobre
de tela, este del pincel de Emilio Sala, representando el momento en el que el
fray Tomás de Torquemada persuade a los reyes católicos de la necesidad de
expulsar a los judíos de España, lo que en efecto ocurre en 1492. Si bien esta
expulsión da inicio al siglo de oro español (que fueron casi dos siglos en la
práctica), también será determinante para la caída del imperio más tarde pues
los judíos refugiados en Inglaterra, Portugal y Holanda utilizarán sus
habilidades en el arte del engaño propagandístico (la famosa venta de humo)
para crear la leyenda negra y luego su inteligencia financiera para darle a
Inglaterra el concepto de neocolonialismo mediante el empréstito usurero y la
deuda eterna.
Pero el análisis histórico indica
que la cosa pudo haber sido al revés. España comprendía su imperio como una
misión civilizadora y evangelizadora primero frente al ateísmo de los
portugueses y luego contra el proyecto expansionista, mercantilista y depredador
de los anglosajones. Una rápida mirada sobre el legado que España e Inglaterra
dejaron en sus colonias es suficiente para comprender que algo de verdad hay en
todo eso: mientras el español europeo y después criollo integrado como sujeto
de pleno derecho a la corona construían en América ciudades deslumbrantes,
infraestructura muy avanzada para los estándares de la época y hasta
universidades, pues el suyo era un proyecto de civilización, los ingleses
dejaban colonias agotadas y arrasadas por el saqueo en América y mayormente en
África y Asia.
Todos los resultados están a la
vista y los Estados Unidos —junto a Canadá, que viene siempre en su estela—
solo se salvaron de ser como Jamaica o como Uganda porque supieron sacudirse
tempranamente el yugo inglés y consolidar una unidad territorial inmensa con
mucha conciencia nacional desde el vamos. Todo lo que existe en los Estados
Unidos es la obra de los propios estadounidenses independientes y con vocación
de potencia, porque de haber dependido del legado inglés no habría allí mucho
más que el subdesarrollo usual. Al haber definido en Gettysburg que iban a
procesar su propio algodón con su propia industria, los Estados Unidos se
salvaron del destino que Inglaterra les impuso a todas sus víctimas.
Entonces la leyenda negra es una
simple proyección, son las maldades que los ingleses hacían en sus colonias y
les atribuían a los españoles. Lo que Juan dice de Pedro, enseña el sentido
común hispano de todos los tiempos, habla mucho más de Juan que de Pedro.
Ningún imperialismo es deseable, ciertamente, pero tampoco todo es lo mismo. En
siglos de expansionismo europeo sobre el mundo a los hispanoamericanos nos tocó
lo más progresista que había y aunque los anglófilos en estas latitudes
insistan en que de haberse dado un resultado distinto seríamos como Estados
Unidos o Canadá, tal vez como Australia o Nueva Zelanda, conociendo a los
ingleses lo más probable es que hubiéramos sido más bien como la India o
Pakistán.

Mientras en las
colonias de Francia e Inglaterra los sujetos colonizados se las arreglaban como
podían viviendo en precarias condiciones, España fundaba y construía en América
ciudades deslumbrantes como la de Potosí, la que en su momento tuvo más desarrollo
que cualquier capital metropolitana. Bien observada, la leyenda negra es pura
proyección de unos ingleses que fueron absolutamente despóticos en sus colonias
y no dejaron ni un solo rastro de desarrollo para los sujetos colonizados. Y lo
mismo puede decirse de los franceses, de los portugueses y de los holandeses.
Pero claro, según el relato del vencedor el malo es solo el español. Todos los
demás son buenos.
Montados sobre la leyenda negra
que ya para entonces estaba muy bien difundida, los ingleses aprovecharon y
hasta impulsaron las guerras de independencia en Hispanoamérica desde
principios del siglo XIX. Con su revolución industrial ya en plena marcha no
podía demorarse más el acceso irrestricto a las ingentes riquezas de estos
territorios y por eso fuimos políticamente libres y, al mismo tiempo,
económicamente dependientes de Londres. Los ingleses habían descubierto el
concepto de neocolonialismo, en el que no había ninguna necesidad de plantar
bandera declarando una colonización formal si al instalar gobiernos títeres
“independientes” podían asegurarse el control de las riquezas y de los
mercados.
La deuda fue el mecanismo
neocolonial por antonomasia. Al finalizar las guerras de independencia, estos
novísimos países hispanoamericanos se encontraban en estado de quebranto
económico generalizado y los empréstitos “generosamente” ofrecidos por la banca
inglesa (controlada por aquellos mismos “refugiados” de otrora, quienes además
de ser expertos en propaganda lo eran también en finanzas) con mucha usura
establecieron el neocolonialismo inglés de Argentina hasta México. Y allanaron
el camino para el extractivismo neocolonial que la revolución industrial
inglesa necesitaba para prosperar. La independencia política y la dependencia
económica de los países hispanoamericanos son la clave para comprender el éxito
de la máquina a vapor europea.
En todo ello está Inglaterra, la
enemiga natural de los hispanos. La que está actualmente ocupando el Gibraltar
español y las Malvinas argentinas con el solo propósito de refregarnos en la
cara su triunfo histórico. No alcanzó con la balcanización de Hispanoamérica
hasta quitarle el potencial económico de un país cuya extensión territorial
habría sido similar a la de Rusia, también había que dejar plantada la bandera
pirata en alguna parte de los territorios hispanos para conmemorar en la
geografía y en la toponimia el triunfo histórico del pirata inglés. Nuestra
rica tradición literaria atribuye a Blas de Lezo la sentencia definitiva según
la que “todo buen español (o hispano, por la parte que nos toca) debe mear
siempre mirando a Inglaterra”. No está para nada mal, sería una costumbre muy
saludable el no ahorrar en gestos de repudio y de desprecio hacia quienes por
misión histórica han elegido la de humillar y destruir una cultura que, sin
embargo, es indestructible y no acepta humillaciones. Los 500 millones de
hispanos en el mundo indefectiblemente sabremos de qué se trata cuando
descubramos la hispanidad en nuestra naturaleza. Ese día mearemos todos mirando
a Inglaterra, gloriosamente, que es lo que corresponde según ese gran patriota
vasco que vive en cada uno de los que hablamos en la de Cervantes, la más culta
y sofisticada de las lenguas.
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