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lunes, 22 de agosto de 2016

El mito de Túpac Amaru



El mito de Túpac Amaru y la independencia
12.08.2016

José Gabriel Condorcanqui, que pasó a la historia como Túpac Amaru, se convirtió ya en el siglo XX en una suerte de icono revolucionario comunista desde el Perú hasta el Uruguay. Mientras tanto, en el Ecuador, hacían lo propio con el caudillo liberal Eloy Alfaro. Está claro que, puestos a ser desenfadados, los límites escasean.

Con todo, yéndonos a los datos objetivos, lo cierto es que Túpac Amaru era minero, tenía esclavos y se alzó por defender sus privilegios y exclusivos intereses de casta, y por eso fue combatido por no pocos caciques, sobre todo los puneños, que lo consideraban un noble segundón. Sin esa colaboración de los caciques indios, que seguían ostentando sus títulos y dotes de mando reconocidos por la Corona de Castilla, jamás se hubiera podido sofocar una rebelión del que jamás se pretendió comisario socialista y sí “nuevo inca”, señor de buena parte de Sudamérica; sin pensar en igualitarismos ni por asomo.

Con respecto a relacionar a Túpac Amaru y a las “independencias” hispanoamericanas, hoy vemos en Perú cómo sale Ollanta Humala, un presidente con familia surrealista-indigenista que se ha sacado la nacionalidad italiana y su mandona esposa, con un nombre tan indígena como Nadine… Y entra Pedro Pablo Kuczkynski, un presidente con sangre judeopolaca, alemana y francosuiza, casado con una yanqui, y que tiene también nacionalidad estadounidense.

¿Para esto había que dejar de ser un virreinato integrado en la Monarquía Hispánica y convertirse en una república dizque nacionalista?

Hablando de independencia, no se olvide que en la pseudobatalla de Ayacucho, cuyo resultado favorable a las armas secesionistas ya había sido pactado entre masones liberales de ambos hemisferios, el ejército realista se componía de una abrumadora mayoría de peruanos (incluyendo gentes del Alto Perú, actual Bolivia) y hasta tenían que llevar intérpretes de quechua y aimara, mientras que el ejército “patriota” se componía de rioplatenses, venezolanos, neogranadinos, ingleses, irlandeses, alemanes, y también revolucionarios ibéricos.

El caso peruano es un ejemplo ilustrativo, pero ni por asomo es el único: Es algo que vemos en todos los países hispanos desde principios del siglo XIX. Hasta muy avanzado el periodo republicano hubo resistencia de guerrillas realistas formadas principalmente por indios. La “independencia” no fue popular, fue una imposición comandada desde fuera; y todo intento posterior de reunificación fue abortado en guerras provocadas también desde fuera.

El desquiciamiento separatista antiespañol actual es hermano gemelo del que tuvo lugar en Hispanoamérica, cuando la gran patria común se dividió arbitrariamente por intereses ajenos. Con esta división, fue fácil engendrar lobotomías ahistóricas. Y cada país surgido de la Monarquía Hispánica al final no es más que un títere del imperialismo anglosajón, España la primera.

En Puerto Rico, los invasores yanquis llegaron a prohibir hasta celebrar a los Reyes Magos; con el agravante de que la Canarias del Caribe no tuvo siquiera guerra de independencia.

Si a alguien benefició la desaparición de la Monarquía Hispánica, fue a británicos y estadounidenses. Con razón los próceres separatistas se apoyaron tanto en ellos. A quien mejor le vino la invasión napoleónica fue a los ingleses, con Wellington por bandera, el mismo que decía solidarizarse con España mientras le mandaba tropas a Bolívar, uno de los más anglófilos señoritos del continente, descendiente de traficantes de esclavos, dictador violento que insultaba a tirios y troyanos y convertido en otro icono surrealista; sin mencionar, por supuesto, que quería entregar Panamá y Nicaragua al imperio británico, como tantas otras barrabasadas que hizo.

La desaparición de la Monarquía Hispánica fue el gran puntillazo para el establecimiento de una geopolítica angloprotestante –no sin muchos ribetes sionistas- triunfante, que hasta hoy dura. La leyenda negra y el indigenismo no es sino un acicate más para que el mal continúe.

Con todo, lo consuela es que al ser tanto el descaro, doscientos años de mentiras ya llegan a su fin, y esta corriente crítica llega principalmente por historiadores hispanoamericanos. Al final, todo se sabe y todo río vuelve a su cauce. Tiempo al tiempo.

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