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sábado, 28 de septiembre de 2019

La Babel Salteña


La justicia social, lejos de la gente
27 DE Septiembre 2019 Mario Verde

Cuando una investigación cualitativa se pone en marcha, varias técnicas preliminares debieron preparar el camino, no sólo de la logística sino también de abundante información observacional y documental, de modo que la toma de datos mayor quede encuadrada en un contexto.
Y cuando el "focus group", herramienta fundamental, se encamina bien, los participantes despliegan sus ideas, opiniones y sentimientos con los matices e intensidades que nunca se verían en las encuestas. La tarea es compleja pero gratificante, pues la información obtenida es diferente, vivencial y testimonial.
Me serviré de dos investigaciones cualitativas, una terminada y otra en curso, para reflexionar sobre un tema importante como es la Justicia Social, pero tan solo considerada desde la percepción psicosocial que tienen de ella los habitantes de esta ciudad de Salta, en sus tres franjas constitutivas del nivel socioeconómico.

Un Olimpo lejano

Aparece, conectando datos con una cuestión relevante (la justicia social), lo que podríamos llamar un "primer obstáculo" en la percepción de los salteños: la justicia social no tiene agentes ni herramientas muy confiables.

Veamos por qué:

El vasto campo de la justicia social se reconoce en "representaciones sociales" asociadas en primer lugar con el trabajo y sus vicisitudes; después, con las injusticias que padecen los más débiles, y, por último, con las asimetrías sociales ostensibles derivadas de la falta de oportunidades. Aquí es donde la mirada de las personas se orienta y centra en los poderes públicos y su universo de agentes conformados para su atención. Todos ellos son vistos como pobladores de un olimpo muy lejano, laberíntico y disperso, y como investidos de un poder para conceder una gracia más que para administrar un derecho. Tanto las autoridades como los empleados no se saben servidores públicos y, lo que es más grave, más de la mitad de los usuarios no saben que son ellos mismos quienes les pagan el sueldo.
Así las cosas, con el estado de conciencia de las partes y la distancia irreductible entre ambos campos se facilitarán las arbitrariedades, malentendidos, y frustraciones. En los sectores medios y, sobre todo en los de menores recursos, la impotencia y el rencor son notables, como el descrédito en las instituciones de la justicia social. Es cierto que la generalización no se compadece con los agentes probos y atentos, pero esta es la percepción.

El desamparo

El segundo obstáculo en la percepción psicosocial podría resumirse así: La Justicia Social se diluye en un desánimo difuso y creciente. ¿De dónde proviene?
Se lo reconoce si ampliamos el foco de las representaciones sociales obtenidas más allá de las instituciones de la justicia social, y las extendemos a las instituciones restantes que sostienen el entramado socio-cultural de la comunidad. Como, por ejemplo, la educación... que no prepara a nadie para un buen futuro; que es más guardería y comedor; y que deriva en los maestros la tarea de los padres.
O la democracia... como concepto débil y mínimo, sin historia ni fundamento; apenas libertad de expresión y voto cada dos años.
La familia, que se fragmenta en múltiples formatos; con la autoridad paterna en retirada; la mujer humilde como principal sostén del hogar, y con los hijos ingobernables.
O la religión, con la fe puesta en Dios más que en la Iglesia terrenal. Y también la gran institución política, la clase política, cuyas prácticas son más visibles y cercanas al espectáculo: en general, y más allá de las buenas excepciones, se la mira desde el llano como una nueva corporación profesional, un agregado de personas constituido para defender intereses propios ocupando el Estado en todas sus dimensiones, combinaciones y derivaciones.
Forman parte de la empresa más grande y fabulosa y, cuando lo desean, pueden ser magnánimos dadores de felicidad. La actitud hacia ellos tiene envidia, admiración, y un rencor contenido tras la sonrisa, pero sin fe ni esperanza alguna.
Pero el hilo que une estas representaciones conduce a la idea de un derrumbe gradual de las instituciones respetables, con su reemplazo por individuos aceptables. Derrumbe atribuido siempre al mal ejemplo de sus dirigentes. Es que antes de la caída funcionaban como referentes de vida, como coordenadas firmes de orientación y como códigos de conducta previsibles para todos. La incertidumbre bajo control.
Ahora, la situación es de desamparo psicológico, con más errores de adaptación y nuevas angustias difíciles de digerir, o que se pueden asimilar con múltiples recursos pero de corta duración, describiendo así una circularidad incesante.
Será este estado de cosas marcado por los desencantos de la justicia social y su lejanía, por un lado, y la declinación de las instituciones ejemplares, por el otro, que el ciudadano salteño mayoritario no escapa al desánimo, la incertidumbre y el estrés, mitigados por sueños cortos y placeres breves.
Cuando esta forma de vida se hace un estilo, la cultura ciudadana también muta en sus costumbres revelando un malestar subyacente y silencioso: desde allí irrumpirán la intemperancia, la crispación y el estallido empujados por la frustración.

Un reclamo ineludible

¿Cómo pensar entonces la justicia social, si los marcos de referencia están vaciados, están en crisis? Se me ocurre que, buscando aquellas instituciones salvadas del naufragio, o que al menos preservan componentes de valor y calidad; como también a las personas capaces de contribuir a la gran reconstrucción.
La salida propuesta, considerando la percepción de los salteños, se diría así: la justicia social se recupera con otra actitud y mayores protagonistas. ¿Quiénes?
Como en la historia de los pueblos que supieron renacer, algunos ciudadanos vieron más allá del horizonte y cambiaron la actitud repetitiva y viciada del estancamiento: salieron a buscar agentes de cambio por donde se encuentren, sea en sus hogares, en la vida pública, o en las instituciones rescatables aún con sus crisis.
Pensemos, por ejemplo, en el origen de nuestras dos universidades, o del Instituto Provincial de Salud, que se tomó como modelo para otras provincias.
La actitud de que hablamos no es vertical, elitista, ni demagógica sino participativa, abierta y responsable, guiada por la búsqueda de la excelencia y el compromiso. A propósito, como en todas las sociedades exitosas los expertos están en las universidades, centros de estudio, u organizaciones, pero ¡vaya la diferencia! vinculados intensamente con sus comunidades. Aquí cuesta más, pero estamos a tiempo de intentarlo.
La convocatoria girará en torno a una "investigación diagnóstica y mapeo de la justicia social en Salta", capaz de sentar en la gran mesa a todos los participantes, sean estos académicos, especialistas, funcionarios, políticos, cámaras gremiales, fuerzas vivas y organizaciones, dispuestos a inaugurar una experiencia de diálogo y trabajo pluralista, eficaz y superadora.
La convergencia de voluntades alrededor de un objetivo común claramente beneficioso para todos los salteños desborda significación y puntos de anclaje motivadores: por un lado, antepone el proyecto, a la pugna de intereses menores; por otro, instala una experiencia de construcción mancomunada sorprendente y admirable, a contramano del espectáculo mezquino de guerras y alianzas mentirosas; por otra parte, reconcilia en algo a las instituciones devaluadas, con la comunidad que las mira resignadas; y por último, en la medida que los resultados se vayan conociendo, una tenue lucecita de esperanza, quizás, alumbre el camino de otros rumbos.
Pero no olvidemos: los obstáculos de que hablamos aquí son reales y concretos y dichos por la gente, y de nada vale negarlos por el vértigo estridente de una campaña política más. Es apenas lo urgente. Lo importante es la larga cuesta que falta remontar. Y este debate sobre la justicia social puede ser un pequeño paso en esa dirección, y si no, bien vale que nos quede como una pregunta, como una pregunta y nada más.


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