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sábado, 26 de marzo de 2016

La otra cara del "algo habrán hecho"




Por Javier Cornejo

Mucho se escribió sobre el golpe de Estado de 1976. La atención se centró en el ultraje producido a los derechos humanos de miles de argentinos. Pero, ¿había hecho algo el gobierno justicialista para desencadenar semejante atrocidad?
El gobierno depuesto el 24 e marzo de 1976 fue la última expresión del proyecto de industrialización nacional, pleno empleo, derechos del trabajador e independencia económica.
Ese gobierno no contrató entre1973 y1976 ningún empréstito ni tomó deuda. Esta se congeló en US$ 5.186 millones, heredados de Lanusse y esa fue la deuda que encontraron Jorge Videla y José Martínez de Hoz cuando usurparon el poder. Hoy merodea los 300 mil millones, en un país con bajísimo nivel de empleo genuino y pobreza creciente.
Como miembro del equipo del Dr. Julio González en la Secretaría Técnica de la Presidencia de la Nación (1973-1976) fui partícipe de la obra de gobierno que nunca fue sistematizada ni evaluada en función del Estado nacional. Un silencio de conjurados procedió a ocultarla.
Por eso es preciso inventariarla en su conjunto para que las futuras generaciones puedan evaluar su incidencia y ponderar su valor.
Como los vencidos no tienen derecho, sino únicamente difamaciones y calumnias, es preciso describir la obra global del gobierno caído el 24 de marzo. El inventario de esta obra es desconocido porque los medios de difusión de aquella época se confabularon en forma mancomunada en difundir actos políticos y cuestionables, sí, pero circunstanciales y contingentes, y para tapar los actos jurídicos del gobierno que jalonaron hitos positivos para el futuro.
Lo dicho no pretende enervar la responsabilidad que sí tuvieron los ministros del Interior y de Defensa de la época, todos renuentes -con excepción del coronel Vicente Damasco- en investigar quiénes eran los responsables y conductores de la matanza aleve que asolaba al país bajo signos "aparentemente diferentes": terrorismo de Estado o de presunta derecha, y terrorismo subversivo o de presunta izquierda. El común denominador de ambos era preparar las condiciones para la destrucción del Estado de derecho, la masacre humana y la devastación económica que se consumó entre el 24 de marzo de 1976 y el 10 de diciembre de 1983.

Verdad silenciada 

Con esto se bosqueja un deslinde elemental entre actos jurídico -económicos y actos políticos especulativos (intrigas y vías de hecho) en los personajes y personalidades de la época. Julio González en "M76 Asalto a la Argentina", desarrolla en plenitud lo expuesto.
No soportaron la nacionalización de los depósitos bancarios, con garantía total del Estado para los depósitos de los particulares, tanto en los bancos oficiales cuanto en los bancos privados, ni la ley de promoción industrial y el acta de reparación histórica a las provincias. Por ellas fueron radicados muchísimos establecimientos industriales en el interior, entre otros los grandes complejos de Tejidos Argentinos en Catamarca, Papel Misionero Sociedad Mixta en Misiones y Acindar en Santa Fe.
Se redactó la Ley de transferencia de tecnología al exterior (20.794), para generar una fuente de ingreso de divisas y evitar un drenaje de las mismas. Esta ley provocó un conflicto con Henry Kissinger, quien convocó a una conferencia en Washington para exigir que ningún Estado latinoamericano dictase una ley parecida y nos intimó a su derogación.

Violencia e inseguridad 

En temas con absoluta vigencia en la actualidad, se sancionaron la Ley federal de represión del tráfico de drogas (20771) y la Ley antisubversiva de represión del terrorismo bélico, ideológico y económico (20840); fue la única ley en su tipo en el mundo de tipificación del "terrorismo económico", derogada en 2002 por exigencia del FMI. Se redactó el proyecto de ley de defensa nacional, colocando los casos de subversión bajo el enjuiciamiento de consejos de guerra especiales y facultados para aplicar el Código de Justicia Militar y por ende la ley marcial. Esta ley, que aparecía como la única posibilidad de detener el espiral de violencia que desangraba a la Argentina no pudo ser sancionada por la especulación electoral de ciertos grupos de senadores y diputados, pero el Poder Ejecutivo cumplió con su deber histórico de redactarla en perfecta anuencia con los comandantes generales de las Fuerzas Armadas y remitiéndola al Congreso de la Nación.
En enero de 1976, después de acontecimientos gravísimos como fueron los combates de Formosa, en octubre, y Monte Chingolo, en diciembre, no fue posible lograr quórum en el Congreso para tratar la ley de defensa nacional, la ley de presupuesto para 1976 y las leyes de recaudación impositiva. Muchos diputados y senadores insistían en que la impopularidad de la ley de defensa proyectada por el Poder Ejecutivo limitaba su cometido a gestionar arteramente la destitución de la presidenta por medio de un juicio político. Se negaron a abordar institucionalmente el tema de la violencia y dejaron a todo el país en manos de la ilegalidad plena.

Defensa de lo nuestro 

La Argentina afrontaba, un año y medio después de la muerte de Perón, problemas cruciales.
Nuestra gestión impulsó la derogación del contrato celebrado por el ministro José Gelbard con la compañía "Mineracao corumbaense reunida" y que colocaba por cincuenta años nuestra producción siderúrgica en manos del Brasil.
El decreto 320/76 declaró "programáticamente prioritaria cualquier convocatoria a elecciones", el llamado a una convención nacional constituyente para que determinara qué constitución estaba vigente en el país: la de 1853 o la enmienda de 1949 o la del 1853 con el art. 14 bis introducido en 1957 o con la enmienda de Lanusse con respecto al mandato presidencial.
necesitaba y requiere de manera
insoslayable recuperar su independencia organizando una sociedad justa, económicamente libre y políticamente soberana. Sin estas premisas establecidas en la Constitución de 1949 no hay ni podrá haber independencia geográfica.

Golpe a la democracia 

Toda la especulación que se realiza en torno del golpe de Estado, para justificarlo o para repudiarlo, ignora sistemáticamente que fue una asonada contra un gobierno democrático, absolutamente legítimo, y que en octubre de 1976, siete meses después del golpe, habría elecciones presidenciales. Ese gobierno democrático había producido leyes para crear el Sistema Nacional Integrado de Salud, Organización y puesta en marcha en las provincias del norte argentino, la ley nacional de contrato de trabajo y la ley de asociaciones profesionales de trabajadores y de sindicales, la creación del fuero sindical. Es imprescindible recordar que, con todos los problemas y falencias que afrontaban el sistema republicano y la economía nacional, en momentos de profundos reacomodamientos económicos en plena Guerra Fría, el desempleo real se encontraba en el 2,6%, contra la desocupación varias veces mayor de nuestros días, ocultas por el encubrimiento de la estadística. Además, la pobreza real merodeaba el 7%. El golpe de Estado fundaría una deuda impagable y llevaría la pobreza al 17%. Ese gobierno derrocado y denostado produjo el único pacto social del mundo: política de concertación celebrada entre la Confederación General de Trabajo, la Confederación General Económica y el Estado Nacional Argentino.

Crédito hipotecario

En ese espíritu se suscribió el decreto que suprimía los intereses en las operaciones crediticias del Banco Hipotecario para los préstamos de compras y refacción de viviendas. Eso fue corregido por la dictadura con la circular 1050, que indexaba las deudas, extorsionaba a los deudores y dio origen a la fortuna incalculable de un matrimonio de exitosos abogados de Río Gallegos. Los fanáticos K prefieren borrar este capítulo, pero ese fue el relato del propio Néstor Kirchner para quien, para hacer política hacía falta mucho dinero. “A cualquier precio y aunque los paguen los pobres”, acoto personalmente. 

Negocios de Joe 

Muchos olvidan la nulidad de los contratos celebrados entre el Estado nacional durante el gobierno militar de Juan Carlos Onganía y las empresas Standard Electric y Siemens, la negativa del gobierno depuesto a “argentinizar“ las mismas comprando paquetes accionarios sobrevaluados. Tampoco se menciona la negativa absoluta a argentinizar la Compañía Italo Argentina de Electricidad a través del procedimiento de compra, por parte del Estado de acciones sobreevaluadas. Se impulsó la intervención de la Italo y caducidad de su contrato concesión de 1962 que obligaba a su compra por el Estado al margen del valor establecido por el Tribunal de Tasaciones de la Nación.
Al 24 de marzo de 1976 los principales accionistas de la Compañía Italo Argentina de electricidad eran las familias Graiver y Martínez de Hoz.
El futuro ministro de Jorge Videla, José Alfredo Martínez de Hoz, que se desempeñaba como director vicepresidente. Ya desde el poder, el Estado compró Italo. El gobierno supuestamente privatizador solo estatizó, a costa del Estado, una empresa inviable. Así terminó el tercer gobierno justicialista.
Quienes fuimos funcionarios sabemos de las grandezas y miserias de muchos, algunos de los cuales hoy gozan de un prestigio que no merecen. Unos días antes la presidenta de la Nación había dicho en la CGT: “Existe un plan internacional de desindustrialización. Si la industria argentina desaparece con ella desaparecerá la independencia económica y la soberanía de la nación”.
El 24 de marzo se puso en marcha la desindustrialización planificada, de un gobierno para el que era lo mismo producir caramelos que acero. Comenzó la obscenidad de la deuda externa, la masacre atroz, y un proceso despoblacional intencional. Nada fue casual: el programa basado en el desempleo, el clientelismo y la ilegalidad de la economía no registrada expresa a rajatabla un “manual de procedimiento” de destrucción nacional que hoy se muestra en plena expresión.



Relato vs. historia
Pascual Albanese
El golpe militar fue la máxima expresión de la violencia antiperonista, que buscó auto-justificarse en la lucha antisubversiva para arrasar con las instituciones.
A 40 años del golpe de estado de 1976, la Argentina conmemora este nuevo aniversario emancipada de un "relato" que durante doce años hizo de una versión parcial y distorsionada de la "memoria", el instrumento de una estrategia de acumulación de poder político y económico, puesta al servicio de un modelo de dominación basado en la articulación entre el Partido del Estado y el capitalismo de amigos.
El "kirchnerismo" usó la bandera de los derechos humanos como pretexto para legitimar sus políticas, demonizar a sus adversarios y profundizar la división de la sociedad argentina.
Afortunadamente liberados de la presión ejercida por un gobierno que utilizó sistemáticamente la dictadura militar como justificación política, esgrimida sin pudor por quienes no hicieron absolutamente nada por combatirla, los argentinos estamos ahora en mejores condiciones para focalizar la mirada en aquella época trágica sin prejuicios ideológicos, con la única pretensión de buscar la verdad histórica para aprender de nuestros propios errores, enterrar para siempre el pasado y forjar la unidad nacional, con la vista puesta en el porvenir.
El centro de la cuestión es que, al contrario de lo que afirmaron los militares en su momento, y también muchos de sus detractores tardíos, el golpe del 24 de marzo de 1976 no tuvo como objetivo estratégico la derrota de las organizaciones guerrilleras sino el derrocamiento del gobierno constitucional de Isabel Perón, empantanado en medio del vacío de poder que había dejado la muerte de Perón en 1974.
Uno de los testimonios más valiosos brindados por Jorge Rafael Videla a Ceferino Reato, y publicado en su libro "La confesión", fue precisamente el reconocimiento de que el golpe de estado no era indispensable para derrotar militarmente a la guerrilla, a la que las Fuerzas Armadas estaban combatiendo con el inapreciable auxilio de la legitimidad que les confería las órdenes de un gobierno constitucional.
El extenso listado de los funcionarios y dirigentes peronistas encarcelados esa madrugada, que incluyó entre otros a Isabel Perón, Lorenzo Miguel y Carlos Menem, así como la intervención de la CGT y de las principales organizaciones sindicales y la disolución de las "62 Organizaciones Gremiales Peronistas", que figuraron entre las primeras medidas adoptadas por el nuevo gobierno, corroboran contra quiénes apuntó de entrada el régimen militar.
Cualquier lectura superficial de las proclamas castrenses y de las publicaciones de aquella época ratifica que la ruptura del orden constitucional pretendía terminar con la "demagogia y la corrupción" (eufemismos para aludir al peronismo) e inaugurar una etapa "fundacional", basada en la defensa de los valores de Occidente, una extraña paradoja en un régimen que tuvo como principal apoyo internacional a la Unión Soviética y sus satélites, incluso Cuba, que primero entrenó a los guerrilleros y después guardó un silencio cómplice ante su exterminio por los militares.
Las editoriales de los diarios argentinos en esas jornadas, complacientes al extremo con el golpe militar, coincidieron unánimemente en esa interpretación de los hechos. El Vicario Castrense, Monseñor Victorio Bonamín, quien no se ganó el cielo con sus palabras, lo dijo con todas las letras: "se acabó el festín de los corruptos".
Simultáneamente, un amplísimo y heterogéneo arco de fuerzas políticas y económicas, que incluyó a la mayoría de los medios de comunicación, que habían contribuido a crear el clima golpista, y a las grandes centrales empresarias, que semanas antes del golpe de estado realizaron el primer "lock out" patronal de la historia argentina, confluyeron en esa argumentación para propiciar el derrocamiento del gobierno peronista.
Un párrafo especial merece la actitud del Partido Comunista, rápido en olvidar que en agosto de 1975 saludó como un avance la asunción de Videla como jefe del Ejército y que, a partir del golpe de estado, ensayó una permanente defensa de su gobierno, al que identificaba como expresión de una corriente militar "democrática" enfrentada con una presunta "ala pinochetista".
Un repaso detallado de los acontecimientos, certificado por el posterior testimonio autocrítico de algunos de sus protagonistas, revela que las conducciones de las propias organizaciones guerrilleras, ya acorraladas militarmente y divorciadas de la opinión pública, también alentaron la caída del gobierno constitucional, para salir del aislamiento político al que habían quedado condenadas por su conflicto con Perón y tratar de erigirse en abanderadas de la lucha por la restauración de la democracia.
El análisis del 24 de marzo de 1976 no puede reducirse entonces a la evocación del horror, ni a la simple reiteración de la secuencia de los clásicos golpes militares latinoamericanos. El golpe militar fue la máxima expresión de la violencia antiperonista, que buscó auto-justificarse en la lucha antisubversiva para arrasar con las instituciones y edificar un proyecto político cuyo estrepitoso fracaso dejó una profunda lección histórica, que cimenta hoy la fortaleza de la democracia argentina.



"Hubo traiciones en el peronismo"
El secretario que acompañó a Isabel Perón en el helicóptero en 1976 relata cómo vivió los días del golpe
Miércoles 23 de marzo de 2016
Julio González.Foto
El país no fue el mismo desde la madrugada del 24 de marzo de 1976, cuando se produjo el último golpe de Estado. Un protagonista de ese final fue Julio González, quien en aquel gobierno anémico y desbordado era secretario legal y técnico de la Presidencia y secretario privado de María Estela Martínez de Perón. Fue el único funcionario de su confianza en el fatídico viaje en helicóptero. En diálogo con LA NACION, reveló detalles de las horas finales y la trama del golpe vivida desde el corazón del gobierno.
-¿Cómo fueron los últimos momentos del gobierno?
-Ante las versiones crecientes de golpe, la presidenta convocó con urgencia a las diez de la noche del 23 a ministros, legisladores y dirigentes sindicales -unas 40 personas- para informarles las gestiones del ministro de Defensa, José Alberto Deheza, con Videla, Massera y Agosti. Deheza explicó que los comandantes plantearon su disgusto por la situación del país, la guerrilla y el vacío de poder y dijo que habían acordado reunirse al día siguiente. Tan convincente fue que al salir de la reunión Lorenzo Miguel les hizo una apuesta a los periodistas de que no habría golpe. Después, la presidenta me pidió que la acompañara a Olivos.
-¿Y qué pasó?
-Repasé con mi equipo la agenda del día siguiente y fuimos al helipuerto de la terraza con la presidenta y el jefe de custodia, suboficial Rafael Luisi. Todo era normal. Como cada día, el jefe de Granaderos nos despidió con los honores del protocolo y subimos al helicóptero de doble cabina. La presidenta se sentó a mi izquierda. Apenas despegamos, Luisi advirtió que la nave tomaba otro rumbo: sacó su arma reglamentaria y, casi gritando, alertó que el helicóptero no iba a Olivos, sino hacia el río. La presidenta lo calmó, le pidió que guardara el arma y ordenó al edecán naval que averiguara qué pasaba. Los pilotos -uno de ellos era Lami Dozo- informaron que había un desperfecto en un motor y debíamos ir al Aeroparque, para después ir en auto a la quinta presidencial. Llegamos en pocos minutos y al pie del helicóptero se presentó un oficial de la Fuerza Aérea y le dijo a la presidenta que bajara de la nave. Yo exigí que viniera de inmediato el jefe de la base y le dije a la presidenta: "Señora, no baje por favor". A los quince minutos se hizo presente el jefe de la base, comodoro Crosetto, e insistió en que debíamos bajar.
-¿Qué pasó en el helicóptero en esos 15 minutos?
-Nada. Había un tenso silencio que no olvidaré jamás.
-¿Cómo siguió la situación?
-Crosetto reiteró que había un problema en uno de los motores. Le pedí que de inmediato vinieran los autos hasta el helicóptero, pero se negó. Me contestó que era peligroso porque podía explotar un motor. Volví a insistirle a la presidenta: "Señora presidenta, no baje por favor". Ella me miró, me tomó del brazo izquierdo y me dijo: "Bajemos doctor, es pura acción psicológica". Así caminamos juntos los últimos cien metros. En el centro ella; a su derecha, el jefe de la base, y a su izquierda, yo. Atrás, el edecán naval y los dos custodios. Nos dirigíamos a la oficina de Crosetto y cuando llegamos dejé pasar a la presidenta y a mí me empujaron, me cerraron violentamente la puerta en la cara y me encañonaron a mí y a los custodios. Así estuvimos media hora.
-¿Qué pasó con el edecán?
-El edecán naval no defendió a la presidenta. Es evidente que estaba en el complot del secuestro extorsivo.
-¿Por qué dice que fue un secuestro extorsivo?
-Porque la presidenta fue interrogada por oficiales de las Fuerzas Armadas, entre ellos el almirante Santamarina y el general Villarreal, luego secretario general de la Presidencia con Videla. Primero fue secuestrada y le exigieron que firmara su renuncia para que asumiera Ítalo Luder. A cambio, le ofrecieron el Tango 01 para ir adonde quisiera. Pero ella se negó y pasaron del secuestro a la detención y a tomar el poder. La llevaron a la residencia El Messidor, en Villa La Angostura. No la vi nunca más ni volví a hablar con ella.
-¿Qué hicieron con usted?
-Una hora y media después, un teniente coronel me informó que tenía la orden de entregarme a la Armada. Me llevaron detenido al barco Bahía Aguirre, que estaba amarrado en el puerto. Llegué a las 5 de la mañana: abrí la puerta del camarote celda y apareció Deheza. Todavía me pregunto si lo habían detenido o se hizo detener porque sabía lo del golpe.
-¿El ministro de Defensa le ocultó a la presidenta el levantamiento militar?
-Sí. Y lo confesó el mismo Deheza cuando estábamos detenidos. Nos dijo: "Yo sabía que el golpe iba a ocurrir, pero preferí disimularlo para evitar una pueblada que terminara en una movilización con represión y víctimas". Eso fue una traición.
-¿Hubo más traiciones en el peronismo?
-Claro que sí. Hubo muchos dirigentes funcionales al golpe. Desde que asumió Cámpora, en 1973, se desató en el peronismo una loca carrera por el poder.
-¿Cómo jugó la oposición?
-También fue funcional al golpe. Ricardo Balbín dijo esa frase desgraciada de que no tenía soluciones y que todos los incurables tienen cura cinco minutos antes de su muerte. Deolindo Bittel, por el justicialismo, habló del peronismo, pero no se expresó en forma contundente. El único que lo hizo fue Oscar Alende.
-Si había tanta evidencia de que se venía un golpe, ¿por qué no hicieron algo para frenarlo?
-El gobierno peronista estuvo tres años jaqueado con la amenaza de golpe y con operaciones políticas e informativas de que era inminente. Eso se repitió el 22 de marzo. La presidenta y yo creímos que era una conjura más.
-¿Qué comentaba la presidenta ante los rumores de que el golpe estaba en marcha?
-Tenía la misma actitud que con los problemas que enfrentaba de su gobierno. Consideraba todos los rumores y advertencias como voces alarmistas que se repetían. La verdad, no creía que fuera a haber un golpe.
-¿No considera que la presidenta fue incapaz de solucionar la crisis?
-Con los elementos que había, la presidenta actuó como cualquier persona normal sometida a la decisión final de las Fuerzas Armadas. No cedió a las presiones que venían de todos lados para romper el orden constitucional.
Julio González
Secretario privado
A los 37 años, fue secretario legal y técnico de la Presidencia y secretario privado de Isabel Perón. Fue profesor de economía política en la UBA

Perspectiva

Hace 40 años la sociedad entregó un cheque en blanco a la Fuerzas Armadas, del que todavía nos lamentamos. Fue una época plena de violencia física y verbal, en la que como nunca escuché criticar tan ligeramente, en democracia, la investidura presidencial y su gobierno, llevándolos hasta el ridículo. Durante un almuerzo familiar, en marzo de 1976, le pregunté a mi padre, José Alberto Deheza, ministro de Defensa, con ingenuidad adolescente, cómo podía él desconocer que se avecinaba un golpe. Guardó silencio y me contestó: "La función pública no siempre te llama cuando a uno le conviene".
Era irrisorio pensar que mi padre y otros funcionarios no eran conscientes de los trágicos momentos por venir. Siento que llegó la oportunidad política para recordar en perspectiva a esos personajes valientes con vocación de servicio, a la presidenta María Estela Martínez de Perón , a su secretario técnico, Julio González, y a otros que supieron mantenerse en sus cargos, aun en contra de su seguridad, en defensa de la democracia. No recuerdo que la historia los haya reivindicado, lo que ayudaría a comprender con claridad los hechos históricos del golpe y así evitar futuros errores que lastimen a los argentinos.

Martín Deheza Lonardi
DNI 11.477.819
 

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