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martes, 3 de junio de 2014

UN INVENTO DE LA OLIGARQUÍA ARGENTINA



EL CLUB DE PARÍS – UN INVENTO DE LA OLIGARQUÍA ARGENTINA
Como tantos hechos muy importantes de nuestra historia, cuidadosamente “barridos debajo de la alfombra” de la “historia oficial” contada por el academicismo histórico, la sumatoria de hechos infames que en los hechos terminaron dando origen al Club de París, es muy poco conocida, y sería una omisión permanente, de no ser por la patriótica y tesonera acción del revisionismo histórico, y principalmente por un puñado de grandes escritores comprometidos con el Pensamiento Nacional, del cual descolla por mérito propio Don Arturo Martín Jauretche.

Intentemos resumir esa no por casualidad olvidada parte de nuestra historia.
Durante el primer gobierno de Perón, Argentina había cancelado totalmente la deuda externa, hecho inédito en toda nuestra historia, lo cual fue de gran relevancia geopolítica, pues es bien sabido (y también cuidadosamente ocultado), que la deuda externa siempre fue utilizada como herramienta de presión para doblegar voluntades e instrumentar el colonialismo económico.
Más aún, a consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, Argentina era fuertemente acreedora de Gran Bretaña, habiéndose pactado esa deuda en moneda convertible, o sea en libras esterlinas convertibles en oro contante y sonante.
En una decisión arbitraria, que por cierto nos perjudicó mucho, opuesta a los dogmas ultra liberales a los que “La Rubia Albión” dice ser fiel (y que fue ocultada o minimizada por los “grandes diarios” y otros sectores del cipayismo vernáculo argentino), Gran Bretaña decretó la inconvertibilidad de la libra, motivo por el cual nos vimos forzados a aceptar el pago en especies, entre otras cosas con jeeps y camiones guerreros, que como sea fueron útiles para suplir carencias del parque automotor en esos años. Pero esa ya es otra historia.
Permanentemente hostigado por los sectores más reaccionarios del arco político-económico interno, más el accionar encubierto de la diplomacia anglosajona (básicamente británica), el peronismo fue desalojado violentamente del poder, tras varias intentonas fallidas, en 1955, por la autodenominada “revolución libertadora”, la cual fue rápidamente rebautizada por los sectores del Pensamiento Nacional, como “revolución fusiladora”, por su vengativo e irracional modus operandi, que incluyó una masiva y violenta “purga” de efectivos en las propias Fuerzas Armadas, cuyas cúpulas desde entonces pasaron a estar cooptadas casi totalmente por los sectores oligárquicos antinacionales, con honrosas excepciones.
Ante la carencia de auténticos valores superiores, el comienzo del deterioro y corruptela del Servicio Militar Obligatorio cabe ubicarlo cronológicamente con la usurpación del poder por parte del aciago golpe de Estado de 1955.
Habiendo recibido pertrechos británicos –en alta mar- (municiones y combustibles), la Armada Argentina fue actor principal del citado golpe de Estado, el cual, según diversas referencias históricas, fue festejado por el propio Churchill y su gabinete…¡Argentina volvía al redil de dócil súbdito económico del imperio, aceptando además sus corrompidas cúpulas las anacrónicas y perversas pautas de la colonización cultural, vigentes desde las viejas épocas de los unitarios!
Con una ferocidad y empeño solo equiparable al mitrismo del siglo XIX, “la fusiladora” se dedicó a desmontar todo el andamiaje social, político y económico, de la década peronista; que había logrado profundas transformaciones –no exentas de errores, pero con saldo fuertemente positivo-, en la realidad argentina.
Y uno de los objetivos más buscados, fue denigrar al como sea, al depuesto presidente, a su ya difunta esposa (Evita), y a la doctrina político-económica aplicada por el peronismo.
A “la fusiladora” le era urgente intentar demostrar un descalabro económico que no existía. Por eso, mediante un amañado y mendaz informe económico, que fuera conocido después como el Informe Prebisch, se pretextó un supuesto angustiante cuadro de endeudamiento externo, además de “dibujarse” una sombría realidad macroeconómica que no era tal.
Existen fundamentadas versiones históricas que afirman que dicho informe, tan mendaz como lapidario, en realidad fue elaborado a las apuradas por un reducido grupo de economistas del establishment, dirigido por Federico Pinedo (abuelo del actual del actual diputado nacional ultra conservador), sempiterno activista calificado al servicio extranjero, primero subordinado a los intereses británicos, y posteriormente a los norteamericanos. Pero como Raúl Prebisch era el economista más renombrado de ese momento, entre otros hechos por su accionar en la CEPAL y por su teoría del deterioro de los términos del intercambio, habría sido presionado (o seducido) para estampar su nombre al documento, pese a que por su corta estadía en Argentina no habría tenido tiempo ni de leerlo en profundidad. Poco después, creyendo ilusamente Prebisch en sus fueros como economista calificado, opinó en forma “inconveniente”, y pese a sus oropeles académicos, su relevancia fue “misteriosamente” opacada en los grandes medios de comunicación. Dicho en criollo, lo usaron y lo descartaron…
Pero la falacia principal de ese amañado documento, fue considerar deuda financiera (y por ello de vencimiento taxativo y onerosos términos), a los múltiples acuerdos comerciales bilaterales, que Argentina había celebrado con diversos países, para intercambiar nuestras materias primas por diversos bienes industriales que aún no se producían acá. Dichos convenios establecían mecanismos de compensaciones mutuas, con las aperturas de cuentas corrientes con cada uno de esos socios comerciales.
En ese sistema de cuentas corrientes, por lógica nuestras importaciones se realizaban según las necesidades, registrándose constantes operaciones todo el año; mientras que el grueso de nuestras exportaciones tenía que ver con las épocas de cosechas de los por entonces principales rubros de exportación agrícola, como trigo, maíz, etc. O sea: las importaciones eran constantes y las exportaciones masivas estacionales, lo cual generaba desbalances temporarios, pero –repitámoslo-, en cuenta corriente, sin intereses. Adicionalmente, con el sistema de acuerdos bilaterales, se obviaban los intermediarios, que recurrentemente eran empresas o entidades “casualmente” anglosajonas, casi siempre británicas.
Los economistas de “la fusiladora”, apenas asumidos en sus usurpadas funciones, pusieron el grito en el cielo, ante la supuesta “gravísima crisis financiera”, que por supuesto no era tal.
Rápidamente se anularon todos los convenios bilaterales (con excusas fútiles), y absurdamente los saldos en cuentas corrientes se transformaron en onerosas deudas financieras. Ante el descalabro autoprovocado, que generó un absurdo pasivo con carga de pesados intereses, a la desesperada salieron a obtener acuerdos de refinanciación de esas deudas. Todos los flamantes acreedores se unificaron en un novísimo organismo “ad hoc”, el cual, por realizarse las reuniones en París, y por ser un “club de acreedores” de Argentina, pasó a llamarse el Club de París.
¡Todo había vuelto a la “normalidad”! Argentina nuevamente transformada en deudora, de un pasivo que no cesaría de crecer, ante los sucesivos gobiernos liberales, supeditados y subordinados a los poderes financieros transnacionales. Las negociaciones habrán –por supuesto- generado suculentas comisiones para todos los “esforzados” negociadores intervinientes. Con las negociaciones volvieron las imposiciones, con carácter de obligatorias, pese a estar muchas veces adornadas como “sugerencias”: incorporarnos al FMI obedeciendo sus “recetas” recesivas, desmantelar la industria (entre otras cosas, se echó a Mercedes Benz, que planificaba producir camiones y ómnibus, igual que Hanomag y otras), frenar abruptamente el desarrollo tecnológico (por caso se cortó la producción del avanzado caza Pulqui II), bajaron los salarios reales y se atacó toda la legislación social, y por sobre todo, en lo geopolítico, Argentina se subordinó explícita e indecorosamente a los poderes transnacionales.
¡Habíamos creado el Club de París, el mismo que financió el desmadre del cuarto de siglo neoliberal (1976-2001)! Mejor dicho, lo creó la oligarquía apátrida y contumazmente antinacional, que había tomado por asalto el poder. Lo demás es historia más reciente, aunque muchos la hayan olvidado…

C.P.N. CARLOS ANDRÉS ORTIZ
Analista de Temas Económicos y Geopolíticos
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