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viernes, 12 de septiembre de 2014

El eructo de los dioses




Un profundo hedor se expande por todas partes. Esa peste insoportable tiene dueño: los dioses que trafican con la muerte y el dinero. A esos seres llamados “de bien”, les sale de sus gargantas putrefactas la peste más infinitamente insoportable.
A pesar de la inexpresión de sus caras, cuando quieren eructar, se contraen agarrándose la barriga para poder sacar al exterior toda la porquería que llevan dentro. Es el único esfuerzo que hacen. Y cuando ese tapón corrosivo alcanza la garganta, las cuerdas vocales suenan aceitosas. Está claro que sus intestinos se revelan contra el cuerpo y hacen que los dioses de las finanzas y de las puertas giratorias esputen y echen su mucosa amarilla y asquerosa al exterior. Pero antes de salir, esa gelatina de odio, les llaga la boca y les hace vibrar la lengua, haciéndoles eructar y exhalar el humillo pestilente de sus entrañas.
No son muchos, pero huelen demasiado mal. Aunque se pongan perfume caro para disimular su hedor, huelen mal, muy mal. Huelen tan mal, que dejan impregnada la vida de las personas condenándolas a la muerte por asfixia.
Estos dioses del saqueo, salen como zombies de las cloacas infestadas de parásitos para hacer lo mismo: parasitar y corroer todo lo sano que encuentran. Sólo eructan y eructan y echan el vaho mortal a los seres humanos que hallan en su camino. Aplastan, malversan, roban, incendian, matan y reducen la naturaleza a la nada para luego convertirla en una gran Bolsa o en un gran bingo.
Luego, los dioses de la carroña vuelven a sujetarse la barriga para acompañar en su impulso, el esputo asqueroso. Y en ese preciso momento, la peor de las pestes invade el aire produciendo una neblina pegajosa que ahoga al pueblo y lo va matando poco a poco, por estratos.
Los reconocerán porque se contraen y eructan cifras, estadísticas y se lucran con negocios sucios y paraísos fiscales. Al mismo tiempo intentan sonreír pero cada vez que hacen un gesto con la boca, el líquido amarillo les rebosa por la comisura.
Asco, sí, dan mucho asco. Y mucho más cuando algunos de esos dioses del eructo, tienen cargos públicos y condenan al pueblo a su insoportable tufo. ¡Qué asco dan, sí!
Y parecen gente normal pero también ellos se contraen, se agarran la barriga y producen ese sonido gutural que saca al exterior la más grande de las pestes. Y no pueden disimularlo. Es demasiado estridente el ruido y letal su pestilencia.
Estos seres que estrangulan nuestros derechos, acaban con todo; se apoderan de todo. Hay que tener mucho cuidado porque, mientras se hacen fotografías con niños, ancianos y personas dependientes, les están al mismo tiempo eructando y vomitando encima llevándolos a la asfixia . Y es que las personas no tenemos valor para estos dioses de la mentira y los recortes; sólo somos útiles mientras saquen de nosotros algún beneficio. Cuando ya no servimos, nos arrastran con el hedor de sus eructos a una muerte rápida y lo más barata posible.
Cuando llega la noche, estos seres oscuros, vuelven a su alcantarillado para sumar beneficios en mesas de sangre. Y allí, en la negra humedad de las fosas sépticas, descansan agarrando sus maletines, sus números y sus guiones de mentiras que dirán al pueblo mañana; al pueblo que va quedando vivo y que no ha muerto aplastado y asfixiado por la ingravidez del eructo.
Pero no todo está arrasado por estas élites de la peste, la putrefacción y la muerte. Ahora, sus bocas tiemblan mientras contienen la asquerosa masa infecta en su interior. A través de sus ojos inexpresivos de psicópatas observan la desobediencia de una buena parte del pueblo. Tienen miedo y por eso intentan aporrear, controlar, legislar y dar más vueltas de tuerca a ese garrote vil que nunca dislocará la fuerza que tiene la verdad ni la inquebrantable solidaridad de los pueblos.
Marta Salido  /  El Despertar de la tortuga

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